Vivimos en una época de contrastes en el amor romántico.
Por un lado, pedidas de mano espectaculares, declaraciones públicas, gestos románticos que parecen sacados de una película… y que, por supuesto, se comparten.
Por otro, cada vez hay más separaciones, más dudas, más formas nuevas de relacionarnos: poliamor, anarquía relacional, vínculos que no encajan en lo de antes.
Y en medio de todo eso, muchas personas preguntándose en silencio:
Esto que me han contado sobre el amor… ¿es verdad?
Porque cuanto más lo miras de cerca, más parece una construcción. Un relato heredado.
Y cuando ese relato se rompe —en una crisis, en una infidelidad, en el desgaste— aparece algo incómodo, pero muy fértil: la posibilidad de mirar el amor de otra manera.
La etimología de la palabra amor
Se habla de dos orígenes que muestran claramente su carácter imposible:
a-more – sin muerte
Lo eterno… Una quimera, puesto que la única certeza que tenemos al nacer es la muerte.
amma – madre
En alusión al amor materno y su incondicionalidad.
Evolución (creación) del amor romántico en Occidente:
Tratemos de analizar cómo hemos llegado hasta la concepción del amor romántico como la existencia de un alma gemela que va a entenderte por completo, solo te va a querer a tí y va a durar para siempre…
¡Unas expectativas desmesuradas!
Cuando éramos cazadores recolectores
(≈300 000 al ≈12 000 a.C.)
Tenemos pocos datos de ese larguísimo periodo de nuestro pasado, por eso tratamos de encontrar la respuesta en nuestros primos, los grandes simios.
Pero estos se comportan de forma diferente en función de su localización y de su especie.
Los chimpancés, por ejemplo, solucionan los conflictos con agresividad. En cambio, los bonobos lo hacen a través del placer: tienen una vida erótica constante, incluyente y muy activa.
Es probable que entre los seres humanos hubiera un poco de todo y que, en aquella época, los conceptos de familia o de pareja no existieran y fuera la tribu en su conjunto, machos y hembras, los que se ocupaban de la supervivencia de las criaturas.
Luego llego la agricultura
(≈12 000 a.C.)
No se tiene certeza, pero se asocia a esa época el comienzo de la acumulación, la propiedad privada y, por tanto, el deseo de que la herencia pase a los propios genes.
Surge el concepto de fidelidad que, cuando se quiebra, genera un enorme dolor.
En el Antiguo Egipto
(3 200 a.C. – 31 a.C.)
Las relaciones eróticas y afectivas prematrimoniales eran comunes, pero una vez formalizado el matrimonio, se esperaba fidelidad entre los cónyuges para asegurar la legitimidad de los hijos.
Existía el divorcio y era fácil; hombres y mujeres tenían derechos similares.
Hubo una explosión de la estética corporal, el maquillaje y los adornos.
En la Antigua Grecia
(1 200 a. C. – 146 a. C.)
El matrimonio era un contrato entre dos familias y una obligación para los ciudadanos que debían contribuir con muchos hijos a la sociedad. La ley perseguía a los solteros.
Las mujeres no tenían derechos y eran tratadas como propiedades que pasaban de manos del padre, al esposo cuando se casaban.
Los hombres tenían relaciones con las mujeres centradas en la reproducción y con otros hombres por placer.
También lo hacían las mujeres, según se puede interpretar en los Poemas de Safo de Lesbos, Poetisa griega (650 a.C.) que se enamoraba de sus discípulas y mantenía relaciones con algunas de ellas, lo que la ha convertido en un símbolo del amor entre mujeres.
En esa época surgió la obsesión por encontrar el canon de belleza ideal para el cuerpo humano, obsesión que ha llegado hasta nuestros días.
El imperio romano
(771 a.C.– 476 d.C.)
El matrimonio estaba destinado a la procreación y a la prosperidad económica y política. El amor no se consideraba importante en la unión de los cónyuges.
Las relaciones amorosas y eróticas se daban fuera del matrimonio, pero sólo en el caso de los varones; ellas debían fidelidad y castidad a su marido.
Las romanas contaban con derechos políticos pero seguían supeditadas al hombre.
En El banquete de Platón – (385 a.C.), él y sus comensales tratan de explicarlo: desde el amor físico, al espiritual. Ahí surge el mito de la media naranja.
La Edad Media
(478 d.C. – 1 492 d.C.)
Los caballeros cortejaban a las damas con gestos de admiración y respeto, pero el amor no estaba muy presente en el día a día del común de los mortales.
La estricta moral cristiana hizo que las relaciones eróticas por puro placer fueran desestimadas y castigadas moralmente.
El amor se identificaba con el adulterio y las relaciones extramatrimoniales.
El matrimonio debía ser de “por vida” y el divorcio era inconcebible. Las relaciones en el matrimonio debían limitarse a la “honesta copulatio”: con el fin exclusivo y casto de la reproducción.
Salirse de ahí te podía costar el apelativo de bruja y terminar en la hoguera.
Los movimientos sociales de esa época los explica bien Silvia Federici en Caliban y la bruja.
Durante el renacimiento y la edad moderna
(s. XV y XVI)
Por un lado estaba la unión de conveniencia y por el otro, el amor romántico sin consumación.
Pero el progreso científico, con la invención de la imprenta hacia 1450 y el crecimiento de la burguesía comercial, así como la llegada a América de los europeos, empezó a darle un giro a esta historia.
Se concebía el amor como una experiencia trascendente que ponía en contacto al enamorado (de la enamorada no se hablaba) con la sabiduría, la felicidad y lo divino.
Arrastrábamos ya la obsesión griega por el cuerpo ideal y a eso se sumaba la necesidad de ser angelical.
Llega el Romanticismo y, con él, el amor romántico
(s. XVIII y XIX)
Este período dio origen a la noción moderna del amor romántico.
Hasta hace poco más de dos siglos a nadie se le hubiese ocurrido relacionar amor con matrimonio, ya que el amor era pasional, breve e irracional.
Esta época trajo la idealización del amor como una fuerza poderosa y a menudo trágica. Un ejemplo de ello son Los sufrimientos del joven Werther de Goethe (1774)
Y también comenzó su reinvención por parte de las clases burguesas, a través de textos como la novela de Jane Austen: Orgullo y prejuicio (1813), en la que, casi por primera vez, el amor es predecible y cotidiano.
Pero el matrimonio estaba subordinado todavía a los intereses económicos; incluso en las clases más desfavorecidas, la subsistencia doméstica se basaba en el matrimonio y el amor se situaba fuera de él.
Encontramos en esta época a las grandes adúlteras de la literatura, como Madame Bovary de Flaubert (1857) o Anna Karenina de Tolstoi (1878).
A pesar de que seguía existiendo desigualdad entre hombres y mujeres, la mentalidad empezó a cambiar. Surge el ideal de felicidad individual y la legitimación progresiva del matrimonio por amor.
Todo esto no es solo historia.
Lo seguimos viviendo hoy: buscamos a alguien que lo sea todo: compañero/a, amante, amigo/a, refugio, proyecto…
Y cuando eso no ocurre, sentimos que algo falla en la relación o en nosotros.
El siglo XX trajo muchos cambios sociales y culturales
La lucha por los derechos civiles y el movimiento feminista llevaron a una reevaluación de las normas y expectativas en las relaciones románticas.
Virginia Woolf con su Orlando (1928) le dio un vuelco (muy revolucionario) al abanico de posibilidades amorosas y de género.
Después de la II Guerra Mundial, dadas las enormes pérdidas humanas, las leyes promovieron la reproducción y prohibieron el aborto de manera muy estricta.
La familia lo era todo y la mujer debía encargarse de los hijos y del cuidado del hogar. El divorcio, aunque era legal en muchos sitios, estaba muy mal visto. Los matrimonios debían durar para siempre y la mujer le debía obediencia al marido.
Simone de Beauvoir con El segundo sexo (1949) puso de manifiesto la opresión que eso suponía para la mujer, a la que no le quedaba otra salida de realización personal que el matrimonio y eso era causa de numerosas enfermedades mentales.
Se empezó a dar más importancia a la pareja y no sólo a la familia. Lo ideal era que los cónyuges se quisieran, decidieran convivir voluntariamente y fueran felices juntos, también sexualmente.
Con las revueltas del ‘68 se reivindicaron más libertades en la esfera privada, el placer y la sexualidad tanto para hombres como para mujeres.
Y, sin embargo, todavía no quedó claro qué necesitamos de verdad, qué esperamos sin darnos cuenta, qué automatismos estamos repitiendo.
Siglo XXI: diversidad y nuevos desafíos en el amor
Actualmente, se reconocen diferentes tipos de relaciones y orientaciones sexuales; las familias son diversas y la monogamia secuencial es la forma de vincularse más frecuente.
Sin embargo, también enfrentamos desafíos como el idealismo excesivo, la presión social y los estándares poco realistas que pueden impactar negativamente en la salud emocional de las personas.
Sobre todo cuando vivimos una época de Amor líquido (2003) de Zygmunt Bauman, en la que el individualismo consumista lleva a la mercantilización de las relaciones, que se caracterizan por la falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y con menor compromiso.
Surgen también otras voces que quieren buscar nuevos planteamientos:
Mari Luz Esteban se pregunta en Crítica del pensamiento amoroso (2011) ¿Cómo hacer una antropología del amor que no refuerce la desigualdad entre mujeres y hombres?
En el principio era el sexo (2012) Ryan y Jethá abren un mundo de nuevas interpretaciones de las relaciones amorosas y de la sexualidad femenina.
En Anarquía relacional (2020), Juan Carlos Pérez Cortés defiende que no es necesario renunciar a la pasión, ni al sexo, ni a un amor profundo al desestimar los estereotipos de género, la exclusividad, la jerarquía, o la preponderacia de la relación romántica sobre otras relaciones.
Yo misma en La mirada del corzo narro un encuentro romántico y hago hincapié en la forma de operar de los automatismos aprendidos del amor.
El amor romántico es una expresión cultural de cada época, un relato.
Cuando se entiende esto, se puede dejar de creer en una única forma de amar y se abre un espacio en el que preguntarse:
- ¿Cómo quiero amar?
- ¿Desde dónde me estoy relacionando?
- ¿Qué partes de ese relato me sirven y cuáles no?
Es necesario buscar respuestas honestas, que tengan en cuenta los traumas pasados, las tendencias de carácter y lo que le da sentido a nuestra vida.



¡Hola Natalia! muy interesante tu reflexión e investigación. Abrazo grande.
Gracias Erica.
Es un invento mucho más moderno de lo que creemos :)
Tengo 56 años. Hasta los 43, siempre salí con un hombre casado ya que el hombre insatisfecho con su matrimonio tratan de maravilla a sus amantes solo para recibir los gestos cariñosos y para tener un sexo loco que no tendrían con sus esposas. Después empecé a mirarme y observarme a mí misma, ¿Por qué hago esto ?.Después de muchos años de terapias con varios psicologos y psicoanalistas, encontré a mi novio hace 2 años y pico. Era fácil tener sexo pero construir una relación nos costó, ya que nuestros traumas nos daban advertencias innecesarias. Poco a poco fuimos avanzando hasta que empezamos a vivir juntos desde este mes, curiosamente los sucesos no muy agradables de la vida nos empujaron a estar juntos y decidir hacer nuestro proyecto de vida juntos. Es muy importante conocer y tener presente nuestras traumas, y también, saber lo que quiere uno. Yo quiero un lugar de paz con mi pareja.
Qué bonito, Aki, un lugar de paz me parece el sitio más recomendable para cualquier relación.
Gracias por tu aportación.
Marbella, año 1990. Ella, Sevillana, representante de zumos de fruta. Yo, novato en mi trabajo. Me sonriò, me enamorè, hablamos y nos separamos.
A la tarde, «pàginas Amarillas» y llamada telefònica a todos los hostales de la localidad hasta que la localicè. Comenzò entonces nuestra historia de Amor.
¡Qué bonita historia! ¡Qué recuerdos! Las páginas amarillas, ja ja ja, llamando a todos los hostales… Ha cambiado todo mucho.
Las historias de amor son maravillosas si no se las asfixia con etiquetas. (Es solo mi opinión).
Abrazo.