La corta historia del amor romántico

Amor romántico san Valentín nuevas formas de amor

La corta historia del amor romántico

Vivimos en una época de contrastes en cuanto al amor romántico.

Por un lado, están de moda las pedidas de mano espectaculares y los gestos románticos a más no poder, que por supuesto hay que colgar en las redes.

Por otro, baja el número de matrimonios, sube el de divorcios y surgen cada vez más movimientos como el poliamor o la anarquía relacional.

El amor ha cambiado mucho a lo largo de la historia, pero lo que parece claro es que se trata de una construcción cultural, ¡puro relato!

La etimología de la palabra amor

Se habla de dos orígenes que muestran claramente su carácter imposible:

a-more – sin muerte

Lo eterno… Una quimera, puesto que la única certeza que tenemos al nacer es la muerte.

amma – madre

En alusión al amor materno y su incondicionalidad.

Evolución (creación) del amor romántico en occidente:

Tratemos de analizar cómo hemos llegado hasta la concepción del  amor romántico como la existencia de un alma gemela que va a entenderte por completo, solo te va a querer a tí y va a durar para siempre

¡Unas expectativas desmesuradas!

Cuando éramos cazadores recolectores

(≈300 000 al ≈12 000 a.C.)

Tenemos pocos datos de ese larguísimo periodo de nuestro pasado, por eso tratamos de encontrar la respuesta en nuestros primos, los grandes simios.

Pero estos se comportan de forma diferente en función de su localización y de su especie.

Los chimpancés, por ejemplo, solucionan los conflictos con agresividad, en cambio los bonobos lo hacen a través del placer: tienen una vida erótica constante, incluyente y muy activa.

Es probable que entre los seres humanos hubiera un poco de todo y que, en aquella época, los conceptos de familia o de pareja no existieran y fuera la tribu en su conjunto, machos y hembras, los que se ocupaban de la supervivencia de las criaturas.

Luego llego la agricultura

(≈12 000 a.C.)

No se tiene certeza, pero se asocia a esa época el comienzo de la acumulación, la propiedad privada y, por tanto, el deseo de que la herencia pase a los propios genes.

Surge el concepto de fidelidad que, cuando se quiebra, hoy produce un enorme dolor.

En el Antiguo Egipto

(3 200 a.C. – 31 a.C.)

Las relaciones eróticas y afectivas prematrimoniales eran comunes, pero una vez formalizado el matrimonio, se esperaba fidelidad entre los cónyuges para asegurar la legitimidad de los hijos.

Existía el divorcio y era fácil; hombres y mujeres tenían derechos similares.

Hubo una explosión de la estética corporal, el maquillaje y los adornos.

En la Antigua Grecia

(1 200 a. C. – 146 a. C.)

El matrimonio era un contrato entre dos familias y una obligación para los ciudadanos que debían contribuir con muchos hijos a la sociedad. La ley perseguía a los solteros.

Las mujeres no tenían derechos y eran tratadas como propiedades que pasaban de manos del padre al esposo cuando se casaban.

Los hombres tenían relaciones con las mujeres centradas en la reproducción y con otros hombres por placer.

También las mujeres, según se puede interpretar en los Poemas de Safo de Lesbos – Poetisa griega (650 a.C.) que se enamoraba de sus discípulas y mantenía relaciones con algunas de ellas, lo que la ha convertido en un símbolo del amor entre mujeres.

En esa época surgió la obsesión por encontrar el canon de belleza ideal para el cuerpo humano, obsesión que ha llegado hasta nuestros días.

La Antigua Roma y el imperio romano

(771 a.C. – 476 d.C.)

El matrimonio estaba destinado a la procreación y a la prosperidad económica y política. El amor no se consideraba importante en la unión de los cónyuges.

Las relaciones amorosas y eróticas se daban fuera del matrimonio, pero sólo en el caso de los varones; ellas debían fidelidad y castidad a su marido.

Las romanas contaban con derechos políticos pero seguían supeditadas al hombre.

En El banquete de Platón – (385 a.C.), él y sus comensales tratan de explicarlo: desde el amor físico, al espiritual. Ahí surge el mito de la media naranja.

La oscura Edad Media

(478 d.C. – 1 492 d.C.)

Los caballeros cortejaban a las damas con gestos de admiración y respeto, pero el amor no estaba muy presente en el día a día del común de los mortales.

La estricta moral cristiana hizo que las relaciones eróticas por puro placer fueran desestimadas y castigadas moralmente.

El amor se identificaba con el adulterio y las relaciones extramatrimoniales.

El matrimonio debía ser de “por vida” y el divorcio era inconcebible. Las relaciones en el matrimonio debían limitarse a la “honesta copulatio”.

Salirse de ahí te podía costar el apelativo de bruja y terminar en la hoguera.

Los movimientos sociales de esa época los explica bien Silvia Federici en Caliban y la bruja.

Durante el renacimiento y la edad moderna

(s. XV y XVI)

Estaba por un lado la unión de conveniencia y por el otro, el amor romántico sin consumación.

Pero el progreso científico, con la invención de la imprenta hacia 1450 y el crecimiento de la burguesía comercial, así como la llegada a América de los europeos, empezó a darle un giro a esta historia.

Se concebía el amor como una experiencia trascendente, que ponía en contacto al enamorado (de la enamorada no se hablaba) con la sabiduría, la felicidad y lo divino.

Arrastrábamos ya la obsesión griega por el cuerpo ideal y a eso se sumaba la necesidad de ser angelical.

Llega el Romanticismo y, con él, el amor romántico

(s. XVIII y XIX)

Este período dio origen a la noción moderna del amor romántico.

Hasta hace poco más de dos siglos a nadie se le hubiese ocurrido relacionar amor con matrimonio, ya que el amor era pasional, breve e irracional.

Esta época trajo la idealización del amor como una fuerza poderosa y a menudo trágica. Un ejemplo de ello son Los sufrimientos del joven Werther de Goethe (1774)

Pero también comenzó su reinvención por parte de las clases burguesas, a través de textos como la novela de Jane Austen: Orgullo y prejuicio  (1813), en la que, casi por primera vez, el amor es predecible y cotidiano.

Pero el matrimonio estaba subordinado todavía a los intereses económicos; incluso en las clases más desfavorecidas, la subsistencia doméstica se basaba en el matrimonio y el amor se situaba fuera de él.

Encontramos en esta época a las grandes adúlteras de la literatura, como Madame Bovary de Flaubert (1857) o Anna Karenina de Tolstoi (1878).

A pesar de que seguía existiendo desigualdad entre hombres y mujeres, la mentalidad empezó a cambiar. Surge el ideal de felicidad individual y la legitimación progresiva del matrimonio por amor.

El siglo XX trajo muchos cambios sociales y culturales

La lucha por los derechos civiles y el movimiento feminista llevaron a una reevaluación de las normas y expectativas en las relaciones románticas.

Virginia Woolf con su Orlando (1928), le dio un vuelco (muy revolucionario) al abanico de posibilidades amorosas y de género.

Después de la II Guerra Mundial, dadas las enormes pérdidas humanas, las leyes promovieron la reproducción y prohibieron el aborto de manera muy estricta.

La familia lo era todo y la mujer debía encargarse de los hijos y el cuidado del hogar. El divorcio, aunque era legal en muchos sitios, estaba muy mal visto. Los matrimonios debían durar para siempre y la mujer le debía obediencia al marido.

Simone de Beauvoir con El segundo sexo (1949) puso de manifiesto la opresión que eso suponía para la mujer, a la que no le quedaba otra salida de realización personal que el matrimonio y eso era causa de numerosas enfermedades mentales.

Se empezó a dar más importancia a la pareja y no sólo a la familia. Lo ideal era que los cónyuges se quisieran, decidieran convivir voluntariamente y fueran felices juntos, también sexualmente.

Con las revueltas del ‘68 se reivindicaron más libertades en la esfera privada, el placer y la sexualidad tanto para hombres como para mujeres.

Siglo XXI: diversidad y nuevos desafíos en el amor

Actualmente, se da un mayor reconocimiento a diferentes tipos de relaciones y orientaciones sexuales; las familias son diversas y la monogamia secuencial es la forma de vincularse más frecuente.

Sin embargo, también enfrentamos desafíos como el idealismo excesivo, la presión social y los estándares poco realistas que pueden impactar negativamente en la salud emocional de las personas.

Sobre todo cuando vivimos una época de Amor líquido (2003) de Zygmunt Bauman, en la que el individualismo consumista lleva a la mercantilización de las relaciones, que se caracterizan por la falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y con menor compromiso.

Surgen también otras voces que quieren buscar nuevos planteamientos:

Mari Luz Esteban se pregunta en Crítica del pensamiento amoroso (2011) ¿Cómo hacer una antropología del amor que no refuerce la desigualdad entre mujeres y hombres?

En el principio era el sexo (2012) Ryan y Jethá abren un mundo de nuevas interpretaciones de las relaciones amorosas y de la sexualidad femenina.

En Anarquía relacional (2020), Juan Carlos Pérez Cortés defiende que no es necesario renunciar a la pasión, ni al sexo, ni a un amor profundo al desestimar los estereotipos de género, la exclusividad, la jerarquía, o la preponderacia de la relación romántica sobre otras relaciones.

Hemos visto que el amor romántico es una expresión de la cultura de cada momento, ¡puro cuento! y, cuando entiendes que es una construcción mental, empiezan a operar otras fuerzas que no tienen por qué ser menos intensas o menos divertidas. Tal vez incluso sucede lo contrario.

¿Hay otras formas de amar no basadas en la idealización, los cánones de belleza, la exclusividad, la juventud o el protagonismo exacerbado del vínculo amoroso?

Las estamos inventando y probando.

Resulta liberador el simple hecho de abrir la mente a otras posibilidades, a no necesitar sentirse como una diosa (o un dios), adorada falsamente por atributos imposibles, ni ser complaciente o someterse a prácticas no deseadas.

Hoy día disfrutamos de una amplia variedad de formas de convivencia en pareja. Existen todo tipo de relaciones (monógamas, poliamorosas, exclusivamente sexuales, etc.) y cada persona es libre de decidir cómo quiere vivirlas.

4 Comentarios

  1. Aki

    Tengo 56 años. Hasta los 43, siempre salí con un hombre casado ya que el hombre insatisfecho con su matrimonio tratan de maravilla a sus amantes solo para recibir los gestos cariñosos y para tener un sexo loco que no tendrían con sus esposas. Después empecé a mirarme y observarme a mí misma, ¿Por qué hago esto ?.Después de muchos años de terapias con varios psicologos y psicoanalistas, encontré a mi novio hace 2 años y pico. Era fácil tener sexo pero construir una relación nos costó, ya que nuestros traumas nos daban advertencias innecesarias. Poco a poco fuimos avanzando hasta que empezamos a vivir juntos desde este mes, curiosamente los sucesos no muy agradables de la vida nos empujaron a estar juntos y decidir hacer nuestro proyecto de vida juntos. Es muy importante conocer y tener presente nuestras traumas, y también, saber lo que quiere uno. Yo quiero un lugar de paz con mi pareja.

    Responder
    • Natalia Gomez del Pozuelo

      Qué bonito, Aki, un lugar de paz me parece el sitio más recomendable para cualquier relación.
      Gracias por tu aportación.

      Responder
  2. Pedro J. Hdez. Cereceda

    Marbella, año 1990. Ella, Sevillana, representante de zumos de fruta. Yo, novato en mi trabajo. Me sonriò, me enamorè, hablamos y nos separamos.
    A la tarde, «pàginas Amarillas» y llamada telefònica a todos los hostales de la localidad hasta que la localicè. Comenzò entonces nuestra historia de Amor.

    Responder
    • Natalia Gomez del Pozuelo

      ¡Qué bonita historia! ¡Qué recuerdos! Las páginas amarillas, ja ja ja, llamando a todos los hostales… Ha cambiado todo mucho.

      Las historias de amor son maravillosas si no se las asfixia con etiquetas. (Es solo mi opinión).

      Abrazo.

      Responder

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete y recibe pequeñas historias semanales

Apúntate aquí:

* campo obligatorio
   

Te recomiendo mi último libro: