Mis hombros preferidos

El artículo de la semana pasada iba de cuernos y de qué hacer con ellos… de cómo podemos intentar sacarle siempre el lado positivo, o al menos el aprendizaje, a cualquier situación, esta semana, mis hombros preferidos.

Como dice la canción:

“que todo salga mal no es tan malo”.

Hoy le quiero dar una vuelta de tuerca al asunto. (Para los que no lo hayan leído, está aquí.)

¿Por qué mi amigo me llamó a mí para hablar sobre ese tema?

Porque las relaciones entre las personas son como las lianas de una selva: hay muchas posibilidades y cada uno se agarra a las que necesita.

A él le salía del estómago salvar su pareja, o al menos intentarlo, y por eso me llamó a mí. Sabía que encontraría palabras positivas y de calma.

Para llorar, escogemos nuestros hombros preferidos.

Si hubiera querido romperla, habría llamado a alguien más beligerante porque, en realidad, en esa selva vamos hacia donde tenemos que ir, nuestro único camino posible: lo que nos hace sentir bien.

Por eso nos rodeamos (o nos convendría rodearnos) de las personas que nos pueden acompañar en ese “sentirnos mejor”.

Cuando todavía no nos conocemos a nosotros mismos o somos inmaduros, dejamos que sean otros lo que nos elijan pero, con los años, nos vamos quitando capas y seleccionamos mejor nuestras compañías. Cada vez tenemos menos en cuenta el qué dirán o lo que “deberíamos” hacer.

Lo bonito del tema es que, cuando yo elijo a alguien para que me acompañe un trozo del camino, ese “alguien” me está eligiendo también a mí porque yo le puedo acompañar, aunque sea en algo totalmente distinto a lo que me aporta a mí esa persona. Por tanto, nos servimos mutuamente de soporte.

Lo que nunca hay que olvidar es que, si no somos capaces de soltar algunas de las lianas anteriores, no avanzaremos mucho o nos pasaremos la vida dando vueltas por una misma zona; lo que puede ser estupendo si lo elegimos de manera consciente. Pero hay veces que queremos “soltar” a alguien porque los cambios de uno y otro hacen que hayamos perdido la afinidad, aunque guardemos el cariño y el contacto. En ese caso, no pasa nada: suelto y sigo.

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