termómetro

En estas fechas de verano y con la llegada de los calores fuertes, hablamos más del tiempo que en otros momentos del año.

Entra uno en un bar, en una tienda, en el coche, en la oficina… y dice:

¡Qué calor!

Es como un soniquete invariable.

Y mientras nuestras playas se llenan (¿o se llenaban?) de guiris a la plancha (vuelta y vuelta), la persona que se desloma recogiendo vegetales en el campo o en las pocas obras de construcción que quedan, lo aguanta como puede.

En otros países, cuando hablan del tiempo, no solo mencionan la temperatura, sino también la sensación térmica y tienen mucha razón, porque 30 grados no son iguales en bañador al borde del mar, con la brisita y una caipiriña en la mano que encorvado en medio de un secarral.

30 grados no son iguales si estamos saludables y en nuestro peso a si arrastramos alguna enfermedad o un montón de kilos o de años.

30 grados tampoco son iguales si nos obsesionamos con el maldito calor y no paramos de quejarnos a si “observamos” el calor con calma y no le oponemos resistencia, porque, como casi todo, es una cuestión mental: que el termómetro marque 30 grados es un hecho, pero cómo nos tomamos nosotros la temperatura (o cualquier cosa) es lo que nos va a hacer la vida imposible o no.

El horizonte está en los ojos y no en la realidad.
(Ángel Ganivet)

Ahora ¡a discutir! que seguro que muchos no estáis de acuerdo.

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