Observa a los niños cuando juegan, sobre todo los más pequeños, los que con un cubo de plástico, fabrican castillos llenos de princesas; los que luego se lo ponen de casco aunque esté lleno de arena o le sacan sonidos únicos porque ese cubo se ha convertido, por arte de juego, en un tambor; los que guardan sus tesoros en ese recipiente que se ha vuelto cofre.

Esos niños que juegan, son espontáneos, creativos, alegres y dicharacheros, aunque no se les entienda. Son felices en su mundo de fantasía, porque dos de las cosas que diferencian al ser humano de los animales es su capacidad de reír y su capacidad de crear.

Y a partir del juego y de la capacidad creativa, surgió la música, la palabra y más tarde la rueda, la cremallera, los satélites y, como no, Internet y un millón de cachivaches más.

Pero el origen de todo está en el juego, porque el juego nos permite ver más allá de la realidad, y un palo se convierte en bastón o en herramienta, lástima que algunos también lo transformen en arma, pero ese es el ser humano y en cada situación podemos elegir entre acercarnos al origen, al juego, o decantarnos por la guerra, por la competitividad.

Las grandes hazañas, los inventos, la música más sublime, las mejores obras de arte, fueron creadas por juguetones, por personas que seguían siendo capaces de conectar con ese niño pequeño que juega.

Pero crecemos y nos dicen que no hay que pedir, que no hay que llorar, que no hay que cantar en la mesa, ni reír en momentos serios, que no hay que… que no, que no y que no, y perdemos a ese niño que reía más de 300 veces al día y ese adulto nuevo, ríe en torno a 15 veces, y se levanta de mal humor porque su trabajo no es un juego y regaña a su hijo porque no se comporta como “debe” y en vez de disfrutar del momento, se angustia por lo que pasó ayer y por lo que sucederá mañana y se traga la bilis cuando está enfadado y la acumula hasta que estalla, y se calla las palabras de amor o de amistad por miedo al ridículo.

Cuando una mañana se da cuenta de dónde está, busca un libro de autoayuda que le muestre las claves para ser feliz, para superar el estrés, para conseguir sus metas. Lo compra e intenta seguir las indicaciones, pero la rutina es más fuerte que él.

Y en realidad, no es muy difícil, ya que lo único que tiene que hacer esa persona es jugar: jugar con la vida, que es el único juguete que le acompañará hasta el final, jugar con el cepillo de dientes mientras imagina todo lo que podría hacer con ese palito terminado en escoba, jugar con la cucharilla del café, con la mano de su hijo, con sus amigos, con las palabras, con su aspecto, con su trabajo, con los pies, con sus defectos, con los semáforos y consigo mismo. La vida es juego y el juego creatividad, y solo siendo creativo, el hombre se descubre a sí mismo.

El Juego nos hace libres, porque la Verdad es difícil de conocer, pero el juego te conecta con ese Yo auténtico que te permite alcanzar la Plenitud.

No os toméis la vida demasiado en serio, de todos modos, no saldréis vivos de ella. Bernard Fontenelle

(Publicado en Avenue Illuestrated)

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