Para miedos nuevos, calmantes ancestrales

Para miedos nuevos, calmantes ancestrales

La sombra de la pandemia es alargada (y oscurece las pequeñas cosas)

No hablo solo de la sexta ola que se nos viene encima; que también. Por algo dicen eso de ver las barbas del vecino y remojar las propias.

No hablo solo de terceras dosis que se ponen en el mundo rico mientras que en otros sitios apenas van por la primera.

Hablo de las pequeñas infamias y miedos que se han quedado a vivir con nosotros y que me temo perdurarán.

El otro día, a mi hija le dio un episodio de gastritis aguda y fuimos al hospital.

Debido al virus, el acompañante no puede estar con el paciente ni quedarse en la sala de espera.

Primera pequeña infamia

Angustia no saber cómo está la persona y no apetece estar de pie, fuera, en una mañana muy fría de noviembre.

“Le llamamos cuando salga”.

Con las prisas, debí darle un golpe al teléfono porque cuando estaba tomando un café para entretener y calentar la espera, me di cuenta de que tenía la pantalla rota.

Infamia (esta no es pandémica): los cerca de cien euros que tendré que pagar para arreglarla.

Volví a urgencias y hablé con Atención al paciente.

“No me funciona el teléfono, ¿podría esperar dentro para que me puedan avisar si sucede algo?”

“Lo sentimos, no dejamos ni a las personas mayores”.

Vaya, pensé, mejor que se mueran de frío a que se mueran de Covid…

“Si se queda cerca salimos a avisarla”.

Con esa alternativa, solo me podía quedar en la puerta, junto a otros acompañantes que paseaban por ahí tratando de entrar en calor.

Cogí del coche una manta que había llevado para mi hija, encontré una silla destartalada que alguien había dejado bajo un árbol y me senté al sol, con la capucha del abrigo puesta y la manta sobre las rodillas.

Estaba muy alterada para leer y saqué la labor de punto que había retomado después de quince años sin tocarla.

Si hubiera puesto un platillo me habrían echado monedas.

Empezó a sonar el teléfono y no podía responder.

¡Angustia! ¿Sería mi hija?

También había quedado en ocuparme de mi padre, de 85 años y con principio de Alzheimer, y tampoco podía avisar que no llegaba.

Infamia (esta tampoco es pandémica): nuestros teléfonos ya no tienen un botón de descolgar; si suena y tienes mal la pantalla, date por…

Respiré hondo y seguí tricotando.

Para mi desesperación, el teléfono sonaba sin parar.

Había un señor que también esperaba a su enfermo y paseaba cerca de mí.

“¿Le importaría prestarme su teléfono para hacer una llamada? El mío se ha roto”.

“No, lo siento, es del trabajo”.

Siguió paseando simulando no ver los lagrimones que me corrían en cascada por las mejillas; del estrés y la impotencia, supongo.

Mierda de miedo pandémico que nos hace ver al otro como una amenaza contagiosa hasta el punto de no asistirle en una necesidad.

Cuando se me pasó el sofoco, dejé la manta y la labor sobre la silla desvencijada y volví a entrar al hospital.

Hablé con el de seguridad, le pregunté si había algún teléfono público.

Otra infamia: no hay lugares desde los que llamar y sin el móvil estás completamente perdido.

Era un hombre amable.

“Puedes llamar con el mío, pero en manos libres”.

Miedo pandémico de nuevo en acción.

Marcó él. Afortunadamente me sé el teléfono de mi madre de cuando teníamos que marcar.

Está ya algo sorda y el manos libres en medio de la entrada del hospital no se oía muy bien:

“¿Qué? No te oigo. ¿Dónde estás?”

Todo el mundo miraba. Las lágrimas amenazaban con escaparse de nuevo.

“En el hospital con Laura”

“¿Pero no estaba mejor?”

“No llego a por papá”.

“¿Qué? No te oigo”.

En fin, un número.

Al menos había podido avisar.

Volví a atención al paciente.

“No para de sonarme el móvil y creo que es mi hija”, le dije a una de las chicas con cara de pena.

Entró ella a verla y me dijo que estaba algo mejor y que le había dicho que no me funcionaba el móvil.

Alivio.

Salí a mi sillita, con la manta roja y la labor.

El teléfono dejó de sonar.

A las cuatro horas de haber llegado, salieron a la puerta y gritaron:

“Familiares de Laura K.”

Fue una mañana desoladora, aunque al menos no me resfrié (no sé si a los viejitos que esperaban les fue igual), tampoco cogimos el virus y avancé mucho en la preciosa bufanda que he terminado. (La de la foto).

Bendita labor que me conecta con las mujeres de antes, de otros tiempos más humanos, hace cientos o miles de años, y que funciona como una meditación y me contuvo en esos momentos de desazón.

Y estas son las nimias infamias de este mundo. En otros lugares las cosas están mucho peor.

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