Una noche, cenando con mi hermana y mi prima en un restaurante italiano, cuando sorbía los últimos espaguetis de mi plato una de las dos me preguntó:

– ¿Si te dieran carta blanca, qué trabajo elegirías?

Yo me quedé pensativa y me limpié los restos de salsa de la barbilla. Me di cuenta de que aunque llevaba más de quince años trabajando en puestos de dirección en tres empresas distintas, jamás me había hecho esa pregunta. Con la carrera, el master y varios idiomas, lo natural era que me dedicase a ganar dinero, y es exactamente lo que hacía, pero esa pequeña pregunta me había descolocado.

Al contrario que otras veces, ellas, en vez de continuar hablando, esperaron pacientes mi respuesta.

Me había ido bien en el trabajo, siempre hacia arriba: mejores puestos, mejores salarios, mejores casas, o al menos más grandes. ¿Y ahora qué? ¿Cuál era el trabajo de mis sueños? ¿Un nuevo ascenso? ¿Más dinero?

Al final respondí:

– Lo curioso es que el trabajo de mis sueños no es un trabajo… o sí, pero no lo que solemos llamar un trabajo.

No recuerdo si me bombardearon a preguntas o si se quedaron calladas, porque mi mente seguía en otro lado. Creo que me daba miedo pronunciar las palabras que iba a decir:

– En realidad, en mi sueño no me veo trabajando, me veo escribiendo.

Creo que las sorprendió bastante, pero sin duda, la que estaba atónita era yo misma.

Como nadie decía nada, le pregunté yo a una de ellas:

– ¿Y el tuyo?

Ella respondió con un lacónico “no lo sé”, y cambió de conversación: hablamos de niños, trabajo, hombres, madres, maridos… Si alguien me hubiera visto desde fuera, habría pensado que yo seguía la charla con interés, pero lo que les había dicho vibraba por dentro, acompañado de la sorpresa que me había producido.

Durante unas semanas, ni me acordé de aquella cena, pero dos meses después, me llegó a casa una publicidad de un Taller de Escritura Creativa, y aunque suena obvio, y probablemente lo es, lo más obvio es lo que más nos cuesta reconocer: pero aquella vez me dejé llevar y reconocí que era una señal.

Me apunté al Taller y, desde entonces, no he dejado de escribir ni un día; en cambio sí he dejado de trabajar en el sentido usual de la palabra. Empecé a dar clases en la universidad, y dejé también esa casa tan grande que me obligaba a ganar cada vez más para mantenerla. Estoy escribiendo mi cuarto libro y tengo los próximos pensados.

A veces se me hace un poco cuesta arriba, porque el trabajo literario es lento y los resultados no son inmediatos, pero no olvido algo que dijo Punset: “La felicidad está en la antesala de la felicidad”.  Mi interpretación de esa frase es que la plenitud, palabra que me resulta más asequible, está en la persecución de los sueños; y yo creo que no he tenido una época más plena en mi vida, y sigo persiguiéndolos.

Y en tu caso, si te dieran carta blanca ¿qué trabajo elegirías? Piénsalo bien, porque como dijo Jabobsen “…una vida despojada del vicio alegre de los sueños, no es una vida digna de vivir. Al fin y al cabo, la vida tan solo tiene el valor que le confieren los sueños”.

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