Los paseos siempre me traen sorpresas: un jabalí que se cruza en el camino (o dos), un sendero desconocido o una aparición naval insólita, que es lo que me pasó el otro día.

Hay una de las rutas que suelo hacer que va al borde de un pantano y al final, la antigua carretera se hunde en la nada puesto que el sitio al que iba ya no existe. Me gusta ese lugar interruptus de pasado ahogado.

Me senté a mirar la preciosa tarde.

Al frente, al otro lado del lago, a unos 200 metros, había un hombre pescando. O eso parecía, no se distinguía bien.

Pensé que era agradable compartir la tarde sin comunicarnos, él a lo suyo, yo a lo mío.

Al rato, cuando estaba ensimismada en mis pensamientos veo que se me acerca algo nadando.

“¿Será un pato?” pensé al principio, pero iba demasiado constante y recto.

“¡Es un barquito!”, descubrí.

Afortunadamente era eléctrico y no hacía ruido.

Se me acercó dejando a su paso una estela suave y ondulada. Se giró sobre sí mismo, mostró su parte frontal y empezó a hacerme “ojitos” con sus luces azules.

Solté una carcajada que no sé si el hombre oyó.

Me había equivocado, sí nos comunicábamos.

El barquito se fue. Era inquietante estar “jugando” con un desconocido sin ni siquiera saber cómo era su cara, ni su edad, solo que estaba al otro lado del agua disfrutando de una fresca tarde de diciembre.

Volvió otra vez, contoneándose como un pavo real, haciendo circulitos y acercándose más que la primera vez.

Me volvió a guiñar sus faros azules.

Hice un saludo con la mano y se acercó otro poco.

Al rato se volvió a alejar.

Yo tenía el culo frio y me fui.

Ya de vuelta, el precioso atardecer de la foto, vino a cerrar ese singular paseo, con comunicación a distancia incluida.

Share This