Según vi la sala, su composición y la gente que estaba sentada en las mesas redondas supe que mi conferencia no iría bien.

¿Viene primero la idea y luego le damos cumplimiento o se trata de una premonición?

No lo sé, pero se cumplió el vaticinio.

Lo más difícil de hablar ante los demás es, precisamente, que a veces no va bien y tal vez de ahí vienen los temores de mucha gente.

¿Pero qué es ir bien y qué es ir mal?

Por más que uno se haya preparado con todo el afán y todo el mimo posible, uno no conecta, como si hubiera una grieta grande que lo separa de la audiencia.

Entonces, los ojos se tornan inexpresivos y las palabras que uno había pensado, diseñado, escrito y ensayado, pierden sentido, se vuelven un idioma desconocido para el que habla y el que escucha; pero hay que seguir, y terminar, aunque uno desearía salir de ahí y como los avestruces, meterse en un hueco profundo, o como los niños en la oscuridad cuando oyen un ruido, cubrirse la cabeza con la sábana para que el monstruo pase de largo.

Luego toca sonreír cuando la gente, muy educada, te dice: ¡qué bien! Y sonríes por no llorar, y toca la charla posterior y la sensación que se queda agarrada al pecho, por días ¿semanas? ¿meses?

Dan ganas de no exponerse nunca más.

De ahí vienen los miedos escénicos, de la premonición del fracaso, y es lógico porque cuando llega, duele.

¿Y qué deja? ¿Cuál sería el aprendizaje? ¿Tal vez solo curtirse?

Como cuando un deportista que ha preparado la olimpiada durante cuatro años, en la carrera se tropieza y cae.

¿Volver a empezar? ¿Otros cuatro años para volver a probar? ¿O será mejor abandonar?

Dan muchas ganas; ganas de resguardarse, de probar solo cosas que no tengan riesgo, que no duelan.

En ese momento uno lee frases como esta:

“Detrás de tus máximos miedos está lo mejor de la vida”

Y suenan a hueco, a vacío, por más que uno intuya que es cierto.

La sensación de mediocridad es grande, de ser una fake, de no haber estado a la altura. ¿A la altura de qué? ¿De las expectativas del cliente? ¿O será más bien de las propias? ¿O de no haber aportado valor a las personas que escuchaban atentas (al principio) y que uno cree que se fueron desconectando luego?

Era una preciosa conferencia, pero no para esas personas ni para ese lugar: mesas redondas y lejanas, un pasador de diapositivas que no funciona y una desconexión progresiva del ponente (en este caso yo) que entra en bucle desde el momento en que percibe que la cosa no es como la había imaginado y practicado.

Pero toca reponerse y escribir a la persona que organizó la conferencia, disculpándose por no haber estado en plena forma.

Al poco llega la respuesta:

“De verdad no coincido con tus opiniones: la conferencia me gustó mucho y quedó conforme a lo esperado. No me pareciste “fuera de forma”, sino lo contrario, bastante enfocada en el tema y en la situación. El feedback que he tenido por parte de los compañeros ha sido muy bueno: todos se quedaron satisfechos, les aportaste algo nuevo y estimulaste dudas y pensamientos…”

Y es cuando uno se queda con cara de tonto. ¿Entonces la propia percepción estaba completamente equivocada?

¡Sí!

Tal vez no fuiste brillante, pero sí estimulante. Somos tan pretenciosos… queremos cambiar la vida de las personas que nos escuchan sin darnos cuenta de que con estimular una pequeña duda es más que suficiente…

Yo tuve la suerte de conocer la opinión del cliente, pero a veces uno no sabe los resultados, en tal caso, debemos pensar que nos ha ido mucho mejor de lo que creemos, ya que como ves, somos unos jueces terribles con nosotros mismos; recibo muchos mensajes de personas que han hecho una presentación y se juzgan con demasiada dureza:

“La presentación fue bien, yo le pondría un 7,5, ya que no me encontré cómodo en ningún momento. (M.E.)

A pesar de eso, en la comida todo el mundo me felicitaba y me preguntaban “¿Cuánto vale la licencia?”. Antes de la charla nuestro patrocinador asumía 20. ¡Después de la charla, quieren aumentar a 50! Así que supongo que no fue tan mal!!” 

 Parece evidente para cualquiera (menos para M.E.) que fue todo un éxito…

“Mi impresión es que salí vivo y estuve tranquilo. El problema es que soy tremendamente autocrítico y, sinceramente, no me quedé con buen cuerpo. Cualquier fallo me lo tomo a la tremenda.” (R.M.)

“Me pusieron un 9 en la presentación, pero no me sentí del todo a gusto…” (M.G.)

Estos son solo unos pocos ejemplos, pero es una constante: cuando exponemos, solemos tener una impresión mucho peor de lo que ha sido en realidad.

Tal vez sea verdad la frase de antes y debamos hacer menos caso a nuestros miedos y entender que detrás de ellos es donde está lo mejor de nuestra vida.

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