Era su gran día.

La chica manejó la situación con una habilidad increíble; tenía a su madre en una habitación del hotel y a su padre en otra, pero eso no fue un problema, les hizo sentir a ambos su afecto y el gusto por compartir con los dos ese día.

Por la mañana, mientras la chica dormía, su madre se fue a pasear por un lado; salió del hotel y giró a la derecha. Su padre, con pocos minutos de diferencia, salió por el otro, rodeando ambos el hotel por esquinas diferentes y caminando al borde del río en direcciones opuestas, ajenos el uno del otro.

Hablaron cada uno con su pareja, pensaron en sus cosas, sintieron la humedad del aire pegándose en la cara.

Al rato ella llegó a un lugar más inhóspito y se dio la vuelta. Ahora iba detrás de él, en la misma dirección, separados sin saberlo por unos pocos kilómetros.

Hacía tiempo que no se veían.

A él le apetecía volver al hotel y dio la vuelta.

Sin saberlo caminaban al encuentro uno del otro, disfrutando del paseo.

Ella iba absorta; él saludó de lejos.

Pararon, charlaron, se pusieron al día de las pequeñas cosas; y de alguna más grande.

Al poco rato entre grandes sonrisas se despidieron y cada uno siguió caminando por su lado, con una leve sensación de añoranza en el pecho, y también de alegría, de saberse otros y respetarse, de compartir esas fechas señaladas de la vida que la marcan como esos mojones del camino que indican el paso del tiempo, sabiendo ambos que seguirán encontrándose una y otra vez en esos puntos, hasta que la muerte los separe.

Follow

Get every new post on this blog delivered to your Inbox.

Join other followers:

Share This