Hoy cada vez son más las mujeres que viajan solas, caminan, recorren territorios o emprenden aventuras por decisión propia. Puede parecernos algo normal, pero durante siglos ponerse en camino siendo mujer tuvo mucho de transgresión.
Pensé en indagar sobre las mujeres viajeras españolas después de leer un interesante artículo sobre mujeres francesas caminantes que decía así:
“Caminar no siempre ha sido algo fácil para las mujeres. Durante siglos, fue una transgresión, un acto de rebeldía contra las normas sociales.
Sin embargo, las pioneras se atrevieron: atravesaron montañas, cruzaron desiertos, desafiaron fronteras y allanaron el camino para generaciones de mujeres caminantes”.
Me pregunté entonces quiénes habían sido las mujeres españolas que se pusieron en movimiento cuando hacerlo no era tan sencillo para una mujer.
No todas fueron caminantes en el sentido que hoy damos a la palabra. Algunas recorrieron caminos, otras países y otras montañas. Pero todas hicieron algo que durante siglos resultó excepcional: ponerse en movimiento por decisión propia y contar el mundo desde esa experiencia.
1. Teresa de Jesús (1515–1582) – La «monja andariega»

Teresa de Jesús no fue una caminante en el sentido estricto de la palabra, pero pocas mujeres de su época recorrieron tanto territorio por decisión propia.
Durante unos quince años viajó por España para fundar diecisiete conventos, desplazándose en carros, coches, literas o a lomos de una mula en viajes lentos, incómodos y peligrosos.
Sus viajes y las dificultades que encontraba quedaron recogidos en sus cartas y escritos.
El nuncio Filippo Sega llegó a calificarla despectivamente de «fémina inquieta y andariega», porque consideraba que salía de la clausura y ocupaba un espacio que no le correspondía.
Pero ella salió, recorrió caminos y llevó adelante su propósito.
Tal vez la primera forma de abrir camino sea, sencillamente, atreverse a salir.
2. Emilia Pardo Bazán (1851–1921) – Caminar para observar y narrar

Emilia Pardo Bazán hizo del viaje una forma de conocimiento y de escritura.
Viajó con frecuencia por España y Europa y convirtió muchos de esos recorridos en crónicas. En 1887 participó en una peregrinación a Roma y escribió sobre el viaje para El Imparcial. Aquellos textos, junto con otros escritos durante el recorrido por Italia, terminarían formando parte de Mi romería.
A lo largo de su vida continuó viajando y escribiendo sobre los lugares que visitaba, observando no solo el paisaje, sino también las costumbres y las transformaciones sociales que encontraba.
En una época en la que viajar y ocupar el espacio público seguía siendo mucho menos habitual para una mujer, Pardo Bazán hizo algo que hoy puede parecernos sencillo: mirar el mundo con sus propios ojos y contarlo con su propia voz.
En su caso, el viaje no fue tanto una conquista física del territorio como una manera de observarlo, interpretarlo y narrarlo.
3. Carmen de Burgos “Colombine” (1867–1932) – Viajar sola como acto de emancipación
Periodista, escritora y defensora de los derechos de las mujeres, desde 1905 emprendió numerosos viajes por Europa y posteriormente por América. De ellos nacieron cientos de artículos y varios libros de viajes, entre ellos Por Europa, Cartas sin destinatario y Mis viajes por Europa.
En 1909 fue enviada por El Heraldo de Madrid a cubrir la guerra de Melilla y se convirtió en la primera corresponsal de guerra española.
Para ella desplazarse no significaba únicamente conocer otros lugares. Viajar ampliaba el mundo posible para una mujer.
Su vida y su escritura introducen algo nuevo en este recorrido: ya no se trata solo de salir o de observar, sino de reivindicar el derecho a hacerlo con autonomía.
4. Sofía Casanova (1861–1958) – Atravesar fronteras

Esta periodista y escritora gallega llevó ese movimiento todavía más lejos.
Vivió durante buena parte de su vida entre España y Polonia y fue la primera mujer española corresponsal permanente en el extranjero. Sus crónicas para ABC desde Polonia y Rusia la convirtieron, además, en testigo de algunos de los grandes acontecimientos de la Europa de su tiempo, entre ellos la Primera Guerra Mundial y la Revolución rusa.
En su caso, viajar significó literalmente atravesar fronteras físicas y culturales y observar el mundo desde lugares a los que muy pocas mujeres españolas de su época tenían acceso.
De nuevo aparece la escritura: moverse, mirar y contar.
5. Edurne Pasaban (1973) – Poner a prueba la propia resistencia

La alpinista vasca se convirtió en 2010 en la primera mujer del mundo en ascender las catorce montañas de más de ocho mil metros.
Aquí el viaje deja de ser principalmente observación o relato y se convierte en cuerpo, resistencia, límite y supervivencia.
El espacio que durante siglos las mujeres tuvieron dificultades para ocupar se extiende ahora hasta algunos de los lugares más extremos del planeta.
6. Mujeres que caminan y viajan solas hoy: continuar esa tradición
Hoy caminar o viajar sola siendo mujer no tiene tan marcado el carácter transgresor que tuvo durante siglos, pero sigue siendo un lugar que conquistar: el de la propia autonomía. Muchas mujeres caminamos o viajamos solas para observar, para integrarnos con la Tierra y poder contarlo, para recuperar una forma propia de mirar.
De alguna manera es también una misión religiosa,
en la que la narración está en el centro,
se conquista un espacio público,
se atraviesan fronteras entre especies
y se pone a prueba la propia resistencia.
Se trata de caminar por estar viva y para estar viva.
Todo eso he pretendido en La mirada del corzo, una novela que empieza siguiendo a una mujer que sale de su casa sin destino ni fecha de regreso y camina sola por la España menos poblada dejándose atravesar por lo que encuentra.
Es una forma de continuar la obra de otras, de seguir ese gesto y traerlo al presente, porque a veces no hace falta abrir camino, basta con seguir el que han recorrido otras.




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