“El no y el sí son breves de decir pero piden pensar mucho”

Baltasar Gracián

A todos nos gusta más la gente que nos dice “sí”, nos sentimos mejor cuando estamos rodeados de personas optimistas, de personas capaces de aceptar retos y de llevarlos a cabo (…) pero eso no quiere decir que se deba aceptar cualquier petición o cualquier opinión.

Como dice Gabriel García Márquez “lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir “no”, cuando es no.

Aunque podríamos decir lo que de verdad pensamos, es frecuente tener una actitud complaciente, porque cuando llevamos la contraria o no aceptamos tareas que consideramos que no nos corresponden, eso no les gusta a los demás; pero estar disponible para todo y para todos disminuye nuestra autoestima, nos hace vulnerables al chantaje emocional y nos dificulta el mantener unas relaciones sanas y equilibradas, en las que podamos decir “sí” o “no” en función de nuestras convicciones.

Cuando alguien nos pide algo, es conveniente tomarnos el tiempo de valorar si eso encaja con nuestras prioridades y tomar una decisión objetiva.

Las personas demasiado complacientes suelen estar agotadas o frustradas. Aprender a decir que no a determinadas demandas es una forma de respetarse y de no añadir estrés a una vida de por sí muy cargada. A veces nos echamos sobre la espalda muchas obligaciones para las que no tenemos capacidad y que nos dejan exhaustos. Queremos llegar a todo, como si fuéramos omnipotentes.

Pero ¿cómo podemos decir “no” sin que suponga un conflicto?

Lo primero es no sentirnos culpables si debemos negarnos a alguna petición. Dar prioridad a nuestras necesidades, opiniones y deseos no tiene por qué ser una manifestación de egoísmo, sino de responsabilidad, autoestima y madurez. Nuestras negativas no sólo no estropean nuestras relaciones con los demás, sino que muchas veces las mejoran, ya que demuestran sinceridad y respeto (por los demás y por nosotros mismos).

Para que no suponga un conflicto, es conveniente evitar utilizar un “no” a secas, ya que resulta demasiado brusco.

Es singular lo bien que lo hace Groucho Marx al decir: “No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo”, pero si no tenemos su rapidez mental, lo mejor sería exponer nuestra postura con argumentos convincentes, con firmeza pero intentando no herir al otro y proponiendo alternativas como: otra forma de hacer lo que desea nuestro interlocutor, aplazar en el tiempo su solicitud, informarle de otras personas que podrían llevarla a cabo, etc.

También habrá que tener en cuenta la cultura de la persona a la que se lo decimos, ya que hay países en los que el “no” se utiliza de manera diferente y, en algunos, son los matices del “sí” los que determinan el grado de negación. Un “ahorita” en México puede querer decir lo mismo que un “imposible” en España. En Japón y en China también hacen un uso muy limitado del “no”, pero no por ello acceden a lo que se está planteando, es solo una forma distinta de negarse. Si debemos trabajar con personas de otras culturas, es conveniente aprender sus costumbres en cuanto al uso del “no”.

Todos debemos decidir muchas veces entre el sí y el no. Si somos capaces de tomar una opción o la otra en función de nuestros propios criterios, seremos personas más libres.

(Extraído del libro Buen padre, mejor jefe)

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