Uno de los grandes regalos que me trajo dejar el mundo de la empresa hace ya 11 años, fue encontrar tiempo para el amor.

En otras vidas, el amor, con sus caricias, sus discusiones y sus rutinas, había estado apretado entre el trabajo, los niños, la familia, los amigos…

Y se trata de algo muy serio que hay que cuidar para que florezca.

La pareja y su comunicación necesitan espacio…

… un lugar amable, sin ruido ni distracciones, que favorezca el intercambio.

Si, además, está presente la naturaleza, el fuego o la belleza, la experiencia resulta más enriquecedora.

Y también necesitan tiempo.

No es fácil hablar de las cosas; lanzarse a pecho descubierto a decir lo que sentimos.

Tampoco es sencillo escuchar a calzón quitado, sin que nuestros prejuicios bloqueen la comunicación como un escudo protector y sin sentirnos atacados porque el otro tiene un punto de vista radicalmente opuesto.

Incluso con voluntad de entendimiento, es dificilísimo.

Es insensato pretender hacerlo en un momentito que le hemos robado a alguna actividad o ¡¡por WhatsApp!!

Desenredar la madeja de las emociones requiere también…

… de muchas palabras. Al menos para algunos.

Otros en cambio prefieren callarlas todas y apretarse fuerte hasta quedarse sin respiración.

Otros necesitan la piel; caricias que parecen suavizar el enfado como un peine deshace los nudos.

O sexo; tal vez algo más fuerte que de costumbre, más salvaje, pues está teñido del miedo a la pérdida.

El tiempo, el espacio, la voluntad y el acercamiento permiten suavizar los roces que toda pareja tiene. - Tuitéalo          

Si no les prestamos atención, esos nudos, como los del ahorcado, se aprietan hasta ahogarnos.

Y las tan manidas y poco practicadas “escucha y empatía”.

Se nos llena la boca de hablar de la escucha y rara vez dejamos a alguien terminar su argumentación.

Mucho antes, hemos quitado la atención y estamos buscando “nuestros” argumentos, “nuestra” opinión, lo que a “nosotros” nos ha sucedido con respecto al tema.

Eso no es empatía, es egocentrismo.

“Pues yo creo”, “A mí”, “Cuando yo”…

Qué difícil es simplemente dejar al otro terminar, tratar de entender lo que dice, lo que le da miedo con respecto a lo que dice, las heridas que le abre, con qué lo asocia.

Y cuando ha terminado, uno puede tal vez preguntarle al otro:

“¿Cómo te hacen sentir mis palabras?”

“¿Qué podría hacer para que te sintieras mejor?”

“¿Crees que mi actitud contribuye al conflicto?”

Y que el otro, en vez de decir lo primero que le brote o aquello en lo que pensó mientras el primero hablaba, se tome el tiempo de reflexionar y responder con honestidad.

Desde sí mismo. “A mí esto me produce…”

En vez del típico “Pues anda que tú…”

El objetivo de la charla no es la feroz necesidad de tener razón,

sino compartir puntos de vista, detectar patrones de comportamiento y de discusión en los que la pareja cae cada cierto tiempo.

No podemos hacernos cargo de los males del otro ni buscar la simbiosis.

Cada persona es un universo; se trata de comunicación y pareja, de poner en común o buscar la parte común.

Si uno no aguanta la vida social y el otro, en cambio, disfruta pasando tiempo con personas que le interesan…

¿Hasta qué punto tienen que ir de la mano a todos sitios?

¿Hasta qué punto las palabras necesitan un acuerdo?

Mientras el terreno común sea suficiente y satisfactorio ¿por qué no respetar las ideas y los gustos de ambos?

¿Por qué no fijar tres rutinas, la de cada uno y la común?

La comunicación en la pareja no es cuestión de aplicar unos cuantos consejos, es una cuestión de raíz…

… una raíz que crece a partir de un encuentro, una semilla que es necesario nutrir, dejarle espacio, limpiar de malas hierbas, mimar…

A no ser que uno quiera una comunicación (y un amor) industrial y lleno de pesticidas.

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