Y la planicie de un pasado exacto.

Estos días he vuelto a Asturias, a repetir trozos del camino, a ver y escuchar los bufones aullando en su temporada alta, que poco tiene que ver con la temporada alta de los hombres, sino con las mareas y con las olas. Y en el entorno de esos agujeros que bramaban como dragones, había numerosas figuritas detrás de sus pantallas más pendientes de grabar el bufido que de sentirlo, observarlo, admirarlo.

Sí, yo también grabé. He aquí la prueba:

Luego traté de guardar el móvil y acompasar mi respiración a la del mar.

Dejar que el spray marino me mojara la cara; incluso en dos ocasiones, dejar que el rebote de una ola me cayera encima calándome hasta los huesos.

No sé qué recordaré mañana, y mucho menos dentro de unos meses, tal vez la caladura, o cómo quedó el coche atascado en una angostura antes de llegar… Recordaré lo vivido, los sentido, lo pensado, NO lo fotografiado.

Leí hace poco de aplicaciones que lo graban todo y lo guardan, por lo que en futuro no habrá discrepancias sobre el pasado porque bastará con rebobinar para saber cómo fue.

Ya no podremos fabular sobre el pasado, y tal vez eso nos impidan también fabular sobre el futuro y soñar con un más allá que tras ser imaginado puede ser perseguido, encontrado.

Todos preocupados de las fotos, para compartirlas, fotos que nunca más veremos ya que son tantas que se ahogan en el mar de imágenes del teléfono y nadie las vuelve a ver.

Otra cosa (una más) en la que “menos es más”.

Por lo que en realidad se trata de más de lo mismo. Como dice Om Malik, experto en tecnología, “En el futuro lo fotografiaremos todo, pero no miraremos nada”.

O como dice Michel Onfray en su libro Cosmos, una antología materialista:

“Mi padre, en su jardín, obedecía al ritmo de la naturaleza. Conocía el tiempo genealógico. Vivía sin preocuparse por el tiempo contemporáneo, que es el tiempo de instantes disociados del pasado y del futuro, tiempo muerto que no procede de ningún recuerdo y que no prepara ningún futuro, tiempo nihilista hecho de jirones de momentos arrancados al caos, tiempo reconstruido por las máquinas de producir virtualidad y de presentárnosla como la única realidad, tiempo desmaterializado de pantallas que sustituyen al mundo, tiempo de las ciudades contra los campos, tiempo sin vida, sin savia, sin sabor…”

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