Qué cansino cumplir con las expectativas de los demás.

En cabeza están las de los padres, que además nos comparan con los hermanos, luego están los amigos, los compañeros, el pueblo, la sociedad…

No sé si de verdad alguien espera algo de nosotros, al menos algo concreto, pero uno siente una especie de exigencia general, la necesidad de cumplir, pero…

¿Con qué?

¿Se trata de dinero?

¿De fama?

¿De sabiduría?

Todas y ninguna.

Muchos te hablan de sacar tu mejor versión, o de la parábola de los talentos, pero ¿quién decide cuál es la versión más atractiva?

¿La profesora que vio la luz creativa en tus ojos, o la que veía más bien el brillo matemático?

¿No serían sus propios reflejos lo que contemplaban?

Y los que decían que eras “malo” para tal cosa ¿no cuentan?

A veces es precisamente a esos a los que uno necesita demostrar más.

Recuerdo que mi hermano y yo jugábamos en un equipo de tenis, y en un enfrentamiento que él tenía con el mejor de la liga le comenté: “A ver si le haces algún juego”.

Terminó con ampollas en la mano y sangrando por la nariz, pero le ganó.

Demostró que le podía hacer muchos juegos.

¿Hasta dónde hay que llegar para demostrar?

Mi hermano es un pan bendito, pero no le retes.

Yo me pasé 40 años demostrando, no sé tú, y todavía hay veces en que me siento “poco”.

¡¿Poco con respecto a qué?!

Narices. O, mejor dicho: ¡Cojones!

¿Poco qué? ¿Capaz? Pero ¿capaz de qué?

Soy muy capaz de hacer reír a mi hija, de sembrar alegría por donde voy, de escuchar (al menos algunas veces, otras no).

¿De qué hay que ser capaz? Las flores no intentan ser bellas, ni los árboles frondosos o las panteras elegantes…

Intentar ser capaz EN TODO es lo más incapacitante que hay.

¿Por qué aconsejamos siempre tener FOCO pero pretendemos que las capacidades no estén enfocadas?

Bonjour tristesse.

Bienvenida la incapacidad.

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