Rayo de sol en medio del bosqueEl otro día, estaba sentada en una calita con mi madre, solas ella y yo, mirando cómo los niños nadaban.

Uno de ellos no sabía hacia donde ir y mi madre comentó:

“En la vida uno tiene que saber lo que quiere”

Me quedé un rato pensativa. Es cierto que cada vez se habla más de marcar el rumbo, de tener claro el objetivo, yo misma, en mis clases de comunicación es algo que trabajo con ejercicios prácticos, pero la respuesta que me salió fue:

“Uno solo puede saber lo que quiere… cuando lo sabe”

Es inútil forzarse uno mismo; en muchísimos casos no sabemos lo que queremos y en más ocasiones todavía, nuestra mente cree querer algo pero nuestros actos muestran lo contrario. ¿Y? ¿Qué problema hay?

El no saber claramente a dónde se va, permite fluir; hacer lo que de verdad sentimos que queremos y podemos hacer en cada momento, permite escuchar a los demás, a la naturaleza y a nosotros mismos puesto que podemos ir menos aprisa.

Incluso cuando sabemos a dónde vamos, la vida nos lleva por otros lugares con movimientos nuevos, abismos que parecen infranqueables y que nos hacen desviarnos, apariciones inesperadas que modifican nuestro camino.

Cuando uno sabe hacia donde va, pone el rumbo y aprieta el acelerador, lo que no está nada mal para llegar pronto, pero cuanto más rápido viajamos, menos capacidad tenemos de apreciar los detalles del camino, que pueden ser tan importantes y tan bellos como ese lugar de destino al que tanto deseamos llegar.

Date permiso para andar sin rumbo y para apreciar la vida que tienes ahí en cada instante, ya habrá tiempo para volver a apretar el acelerador… o no.

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