Hoy quiero escribir a los hombres, en realidad quiero “comunicarme” con ellos, porque con las mujeres lo hago constantemente; esos hombres parcos en palabras hasta que se sueltan, esos hombres que tratan de hacerse los gallitos (o los tímidos, o los antipáticos, o los encantadores, o los desentendidos, o los sumisos…) hacia fuera para no mirar dentro.

¿Pero qué es eso de mirar hacia dentro de lo que hablan todos?

A veces miran y no ven nada o buscan la solución a problemas que no la tienen porque ni siquiera son problemas, pero aún así, sienten que deben encontrar una solución porque eso va a demostrar su valor.

Pero ese hombre no necesitaría  demostrar su valor porque no lo tiene, porque es exactamente el mismo  que el de un indigente, un letrado o un carpintero. El ansia de demostrar ese valor que no tenemos ni importa que tengamos, es lo que nos hace vivir con una desazón permanente que nos lleva a dar vueltas en una noria atados al dinero, al deseo, al alcohol, a Manuela la de las caderas anchas o a tomar el café en el mismo bar cada mañana.

Caminar por el mundo sin nada que mostrar es eso tan sencillo que todos buscan sin encontrar.

No es necesaria una solución, para encontrar eso que todos buscan solo hay que salir a pasear. Cuando atraviesas el aire con tus mejillas y tocas la niebla con la punta de los dedos no hay más que eso: el paseo.

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