Esta semana, más que escribir, voy a transcribir.

He leído un capítulo magnífico del libro “Una nueva tierra” de Eckhart Tolle y quiero compartirlo:

“Muchos adultos representan personajes cuando hablan con los niños. Utilizan palabras y sonidos ridículos. Le hablan al niño como si fuera inferior y no lo tratan como su igual. El hecho de que sepamos más o seamos más grandes transitoriamente no significa que el niño no sea igual a nosotros.”

Quedaos con este concepto de igualdad que luego retomaremos.

“Una parte necesaria de la función de ser padres es satisfacer las necesidades del niño, evitar que corra peligros y, en ocasiones, decirle lo que debe o no hacer. Sin embargo (…) nos excedemos en satisfacer las necesidades del niño, las cuales se convierten en caprichos; exageramos con la protección e interferimos con la necesidad del niño de explorar el mundo y ensayar por sí mismo. De decirle lo que debe o no hacer pasamos a controlar y a imponer nuestra voluntad. Es más, la identificación con la función prevalece mucho después de desaparecer las necesidades que dieron lugar a la función de ser padres. No podemos dejar de ejercerla cuando ya el niño se convierte en adulto. No podemos deshacernos de la necesidad de ser necesitados por el hijo. Aunque el hijo tenga 40 años, no podemos dejar atrás la noción de «Saber lo que es mejor para ti». El padre o la madre continúa representando compulsivamente su papel, de manera que no hay una relación auténtica. Los padres se definen con base en esa función y temen inconscientemente perder esa identidad si dejan de ser padres.

Cuando se ve frustrado su deseo de controlar o influir sobre las actuaciones de su hijo adulto, como suele suceder, comienzan a criticar o a mostrar su desaprobación, o tratan de hacer que el hijo se sienta culpable, todo en un intento inconsciente por conservar su personaje, su identidad. A simple vista parece como si estuvieran preocupados por el hijo, y están convencidos de que así es, pero lo que les preocupa es conservar su identidad a través de su papel de padres. (…)

Si se llevaran a la conciencia y se expresaran los supuestos y las motivaciones inconscientes de los padres, seguramente se oirían así: (…) «No me desilusiones. Me he sacrificado por ti. Mi desaprobación tiene por objeto (…) que finalmente te pliegues a mis deseos. Y sobra decir que yo sé qué es lo mejor para ti. Te amo y te seguiré amando si haces lo que yo sé que te conviene». Cuando traemos a la conciencia esas motivaciones, nos damos cuenta de lo absurdas que son.

Una vez reconocemos lo que hacemos o lo que hemos venido haciendo, reconocemos también su inutilidad, y el patrón inconsciente se disuelve por sí solo.

También se deben tener en cuenta los propios supuestos de los hijos o sus propias expectativas inconscientes detrás de las reacciones habituales hacia los padres: «Mis padres deberían aprobar lo que hago. Deberían comprenderme y aceptarme como soy». ¿De veras? ¿Por qué deberían hacerlo? El hecho es que no lo hacen porque no pueden. (…)

Muchos hijos abrigan ira y resentimiento hacia sus padres  y, muchas veces, la causa es la falta de autenticidad en su relación“, la falta de igualdad, y aquí retomo el primer párrafo: los hijos son iguales a los padres, independientemente de la edad.

Es muy probable que cuando los padres lleguen a ser ancianos, esos hijos “iguales” les cuiden, y sería deseable que esos padres convertidos en niños por arte de la edad, sean también tratados como iguales, aunque haya que satisfacer sus necesidades, evitar que corran peligros y, en ocasiones, decirles lo que deben o no hacer.

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