A veces debemos comentar el trabajo de un colaborador o compañero, o intentar modificar una actitud de un hijo, o decirle a un amigo o familiar algo que no nos ha gustado y es bueno saber que se puede corregir sin herir, aunque parezca mentira ¡se puede hacer!

Recuerdo que una vez, una de mis colaboradoras me pasó un documento para que yo lo revisara, y en el margen de una de las páginas puse en grandes letras rojas: ¡¡¡¡MUY FEO!!!!

Reconozco que no fue la forma más delicada de pedirle que revisara la presentación.

Así mismo, cuando trabajé en Colombia, al principio, varias de mis colaboradoras se ponían a llorar cuando yo les daba feedback sobre alguna tarea. Aunque es cierto que los españoles resultamos, en general, muy bruscos para los latinoamericanos, también me di cuenta de que debía cambiar mi actitud si quería que el departamento funcionara bien y no hubiera mal ambiente.

Me hubiera gustado tener entonces el conocimiento que tengo ahora de comunicación.

Los consejos que doy en Buen padre, mejor jefe y que os pongo a continuación nos pueden ayudar a dar nuestra opinión de forma positiva, aunque lo que tengamos que decir no lo sea:

  • Dilo con seriedad, que no  se pueda confundir con una broma, pero nunca enfadado/a.
  • Si no has explicado bien las normas o los objetivos no puedes pedir que las cosas se hagan como tú esperas y ¡ojo! no los cambies de un día para otro.
  • La conversación debe ser constructiva. Expón tus argumentos y muéstrate afectuoso/a (que no divertido/a).
  • Asegúrate de no manifestar puntos de vista diferentes entre las distintas autoridades (en el caso de la empresa, dos niveles jerárquicos y en casa entre el padre y la madre).
  • Hazlo con calma para que se cree un ambiente de confianza y la otra persona esté más receptiva.
  • Si en algún momento se produce una discusión,  tómate un ¡KIT KAT!, haz una pausa para tranquilizar los ánimos y continúa al cabo de un rato. Cuando perdemos las formas, perdemos la razón. Si una persona tiene delante a un “monstruo” gritando, lo único que siente es miedo, no va a ser capaz de comprender, y menos asimilar, lo que le están diciendo.
  • Si estás enfadado y te dejas llevar por tu estado de ánimo es probable que no seas objetivo. Mejor déjalo para otro momento.
  • Pregúntale al otro su opinión sobre lo que le estás comentando, que haya espacio para los dos; no conviertas la charla en un monólogo.
  • No hables de cosas del pasado, trata únicamente del hecho concreto.
  • Sé breve: es mejor poco y bien argumentado que mucho.
  • Explica con claridad el tema en sí: lo que esperas que haga el otro y los motivos. Por ejemplo: “conviene que hagas esto porque…”.
  • Da tu opinión sin cuestionar a la persona ni su capacidad para obtener los resultados esperados.
  • Es necesario tener cierta tolerancia, incluso si somos muy perfeccionistas, y hablar solo de cosas realmente importantes.
  • Adapta la conversación a la gravedad de la situación.
  • Respeta la concentración de los demás, si les interrumpes para pedirles algo, es probable que no te escuchen bien y, por tanto, no lo hagan como esperas.
  • Este tipo de conversación es cosa de dos, no es bueno tenerla delante de terceros.

Sean como sean los resultados, muchas veces nuestra opinión puede generar malestar, por lo que habrá que buscar un acercamiento posterior si la persona está molesta.

Y ¡sobre todo! no olvides que la realidad es cuestión de interpretación, por lo que hay que tener siempre en cuenta la opinión del otro y escucharle ANTES de soltar la “regañina”.

* Basados en las pautas de Beatrix Palt en ·Cómo regañar pero bien”. Editorial Omega 2005

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