Claves para que los menores usen las nuevas tecnologías de forma segura

Existe una gran preocupación por parte de los padres, los maestros y la sociedad en general por el uso que hacen los menores de las nuevas tecnologías.

Las noticias más llamativas son las que salen en los medios de comunicación y tienen que ver con peligros como el acoso, quedar con desconocidos, etc. Pero, aunque son problemas muy graves, no son los que más afectan a los chavales ya que el porcentaje de casos es muy pequeño.

En la entrevista que me hicieron en La aventura del saber (TVE 2) y que incluyo a continuación, hablamos de la forma de ayudar a los menores a que hagan un uso responsable de las nuevas tecnologías.

 

Resumo y amplío lo que se incluye en el vídeo:

Los pilares básicos sobre los que se puede apoyar un padre para acompañar a sus hijos en el uso seguro de Internet son:

  • El ejemplo

Muchas veces recriminamos a los adolescentes lo que nosotros hacemos sin parar: uno uso adictivo y/o maleducado de los dispositivos. Por ejemplo, si nos ven mirar constantemente el móvil, responder a una llamada o ver la televisión mientras comemos ¿qué harán ellos?

Es conveniente establecer unas normas de convivencia entre personas y tecnología. Por ejemplo:

      • Nada de aparatos durante las comidas para fomentar la comunicación familiar.
      • Dispositivos apagados o silenciados por la noche.
      • Un uso razonable con un máximo de tiempo diario (incluida la televisión).

Estas normas dependerán de la forma de pensar de cada padre, pero lo importante es que sean consensuadas y que las cumplan tanto padres como hijos. 

  • La información y la formación

Conviene que nosotros conozcamos los riesgos para que se los contemos a los menores. Si no tienen la información no podrán hacerles frente si se tropiezan con ellos.

Algunos de los riesgos son:

    • Adicción
    • Acceso a contenidos no apropiados para determinadas edades
    • Contenidos peligrosos para su salud: fabricación de explosivos, incitación a la anorexia y la bulimia
    • Suplantación de identidad
    • Virus informáticos o hackers
    • Quedar con desconocidos
    • Insultar o ser insultado
    • Publicar cosas íntimas
    • Pornografía infantil
    • Dolores de espalda
    • Desarreglos en los ciclos de sueño por estar navegando
    • Sordera por escuchar la música muy alta.
    • Etc.

Pero no sirve de nada llevarse las manos a la cabeza y bloquearles el acceso a Internet. Es como si no les dejáramos salir a la calle por si les atropella un coche o les secuestran. Se trata de ir explicándoles los riesgos y dándoles pautas de conducta para que ellos puedan ir tomando sus propias decisiones para usar las nuevas tecnologías de forma segura. 

Pero si los padres desconocen estos riesgos, no podrán hablar de ellos a sus hijos.

Existen numerosos sitios que hablan de esto y que trabajan para proteger al menor en Internet.

Incluyo a continuación algunos que pueden ser útiles a padres y/o educadores:

Ya hemos comentado que la información sin formación no es suficiente; es necesario explicarles por qué una determinada conducta es arriesgada, qué pueden hacer en caso de que se encuentren involuntariamente en una situación no deseada y cómo prevenir que eso suceda.

También existen filtros de contenidos para los más pequeños. 

Algunos ejemplos:

Pero en ningún caso remplazan lo más importante, que es:

  • La comunicación

Si establecemos un ambiente de diálogo en la familia, los menores estarán más dispuestos a consultarnos si les sucede algo incómodo con sus amigos o con desconocidos.

Y no olvidemos que la base de la comunicación es la escucha. Si les damos mucha información pero no escuchamos su punto de vista, acabarán por no contarnos nada.

A los chicos se les pueden hacer algunas recomendaciones básicas, como:

  • No poner nunca en Internet datos personales como el colegio, la dirección o el teléfono, ni suyos ni de sus amigos.
  • Que no envíen a nadie fotos íntimas.
  • Que no se crean todo lo que pone en Internet. Hay personas que no son quienes dicen ser y hay noticias e informaciones manipuladas.
  • Conviene que cambien la contraseña de sus perfiles y de su correo de vez en cuando.
  • Que en los mensajes en cadena pongan las direcciones en copia ciega.
  • No responder ni hablar con desconocidos.
  • Escribir de forma correcta y sin insultar a nadie.
  • Hablar con algún adulto si se encuentran en alguna situación incómoda.

De todas formas, cada época ha tenido diferentes riesgos, y siempre los padres han creído que en la época de sus hijos los riesgos son mayores y el respeto menor. Yo estoy convencida de que los saltos generacionales se producen siempre y a cada generación le toca lidiar con cosas diferentes.

Lo importante es ir acompañando a los chavales en un uso cada vez más autónomo y responsable porque:

La educación debe preparar a los niños para que tengan progresivamente mayor libertad. Pero no aprenderán a ser libres mientras nos empeñemos en decidir por ellos.” (Del libro Buen padre, mejor jefe)

La importancia de aceptar un NO por respuesta

La semana pasada hablábamos de ser capaces de decir NO sin generar un conflicto, es decir lo veíamos desde el punto de vista del emisor.

Hoy nos toca recibir un NO por respuesta… y sonreír.

Cuando hablamos de la importancia de decir NO, parece que todos lo entendemos, “en cambio, seguimos insistiendo en que nuestros hijos obedezcan sin rechistar, pero saber negarse es algo muy importante y especialmente en el caso de los niños, ya que más adelante se enfrentarán a situaciones incómodas o a temas graves como las drogas y mantener su propio criterio será clave para su desarrollo humano. Y, una forma de aprender, es diciendo que no a sus padres cuando no están de acuerdo con algo.

Contradecir a los padres es de las primeras cosas que aprende un bebé y los niños lo utilizan para afirmarse. Luego, con los años, esta necesidad va disminuyendo y recobra de nuevo fuerza en la adolescencia. Cuando son jóvenes y tienen mayor autonomía les resulta más difícil decir “no”, ya que para ellos es importante evitar conflictos, que haya buen ambiente en su entorno y caer bien a los demás. Pero si no les enseñamos a manifestar su desacuerdo y a hacer lo que consideran apropiado, al final podrían anteponer las opiniones o deseos de los demás a los suyos, y esto podría causarles problemas de autoestima y seguridad, convirtiéndoles en seres volubles a expensas de los otros.”(1) Una buena forma de enseñárselo es aceptando su negativa a hacer algo.

Lo mismo sucede con los colaboradores o compañeros. Si no aceptamos su negativa o su desacuerdo con nuestro planteamiento, es muy probable que eso genere conflictos en el equipo o que no haya discusión real sobre los temas, ni un contraste de peso a nuestras ideas.” (2)

¿Y con la pareja, los amigos, los hermanos y cualquier otra persona del entorno?

Nos cuesta aceptar el NO porque pensamos que no nos niegan “la cosa” en sí, sino que nos niegan a nosotros como personas. Si invitamos a alguien a ir al cine y nos dice esa persona que está cansada, se nos viene el mundo al suelo porque nos habíamos hecho una imagen mental de los dos sentados en la semipenumbra comiendo palomitas y cuchicheando (o cualquier otra cosa :)). Pero el plan puede seguir siendo el mismo: voy yo solo y dejo los “cuchicheos” para otro momento.

Cuánto más independientes somos mejor aceptamos un NO por respuesta, cuánto mejor aceptamos un NO, más nos respetan a nosotros cuando lo decimos y más afianzamos nuestra independencia.

¡Es un círculo virtuoso!

(1) y (2) Extraído del libro Buen padre, mejor jefe

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Tomar decisiones implica equivocarse

El viernes pasado, el puente que cruza la autopista estaba lleno de coches con mamás y papás que volvían de recoger a los niños del colegio. Llovía bastante y el tráfico era muy lento.

Yo llevaba a cinco niños y un montón de mochilas cuando vi que había un gatito mojado en medio del puente. Estaba hecho una bola, como intentando desaparecer, sin saber hacia dónde ir, aturdido por la lluvia y los coches. Yo venía por el otro carril y le hice señas a un gran todoterreno de que parara porque iba a pasar por encima del gato. No me vio, o no me hizo caso, y siguió de frente. El gatito se quedó quieto y el coche pasó dejándolo milagrosamente entre las ruedas. Paré el coche, me bajé e hice señas al siguiente vehículo de que parara, pero de nuevo no me vio, aunque por suerte también esta vez se quedó el gato entre los ejes.

Venía otro coche y esta vez me puse casi delante y le dije a la señora que conducía que parara (con bastante mal genio, la verdad). Le expliqué que había un gatito y me dijo que perdonase, que no se veía nada.

Me fui hacia la parte trasera del coche, buscando al animal para cogerlo y llevarlo a algún sitio seguro pero no lo veía. Le dije a la señora: “Dale un poco hacia adelante, despacito”.

La mujer avanzó con cuidado y en ese momento sonó un terrible crujir de huesos. Allí estaba el gatito, atropellado por la rueda delantera del coche, convulsionando.

Me llevé la mano a la boca y me metí rápido en el coche, no quería ver más. No fui capaz de esperar a ver cómo estaba e intentar llevarlo al veterinario. Las lágrimas me empezaron a caer como si se tratara de una fuente. No intenté contenerlas, ni hice ningún ruido; los niños me miraban compungidos. No sé cómo se quedaría la pobre señora, pero yo no podía parar de llorar.

¿Por qué me impresionó tanto?

  • Porque me recordó a un vídeo que había visto hace poco en una conferencia en el que una furgoneta atropella a una niña de dos años y por su lado pasan más de 17 personas antes de que alguien la ayude.Os pongo el link, pero os aviso de que es realmente duro y seguro que hiere vuestra sensibilidad: http://www.youtube.com/watch?v=T_MT0LaNA1Y
  • Además de ese recuerdo tan terrible, me impresionó mucho el ruido. Una vez que se ha oído ese crujir de huesos se mete en las entrañas y no te abandona.
  • También tuve la sensación de que cada uno va a lo suyo, que estamos “llenos” de prisa y que así no hay quién viva.
  • Y también pensé que si yo no hubiera hecho nada, tal vez el gato habría sobrevivido.

En cualquier caso, siempre que se toman decisiones se corre un riesgo, pero:

aunque nos equivoquemos, eso no quiere decir que no tendríamos que haberlo hecho de esa manera.

Según las estadísticas, después de que algo no nos salga como esperábamos (en lenguaje común “después de un fracaso”) un 80% de las personas no lo vuelven a intentar.

Yo no sé si alguna vez me volveré a enfrentar a una situación parecida, pero tal vez no sea yo la que la viva, sino cualquiera de los cinco niños que iban en el coche conmigo, y me gustaría creer que ellos pararían el coche, se bajarían e intentarían salvar al gato.

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Los hijos no son propiedad privada de los padres, ni los padres de los hijos…

Esta semana, más que escribir, voy a transcribir.

He leído un capítulo magnífico del libro “Una nueva tierra” de Eckhart Tolle y quiero compartirlo:

“Muchos adultos representan personajes cuando hablan con los niños. Utilizan palabras y sonidos ridículos. Le hablan al niño como si fuera inferior y no lo tratan como su igual. El hecho de que sepamos más o seamos más grandes transitoriamente no significa que el niño no sea igual a nosotros.”

Quedaos con este concepto de igualdad que luego retomaremos.

“Una parte necesaria de la función de ser padres es satisfacer las necesidades del niño, evitar que corra peligros y, en ocasiones, decirle lo que debe o no hacer. Sin embargo (…) nos excedemos en satisfacer las necesidades del niño, las cuales se convierten en caprichos; exageramos con la protección e interferimos con la necesidad del niño de explorar el mundo y ensayar por sí mismo. De decirle lo que debe o no hacer pasamos a controlar y a imponer nuestra voluntad. Es más, la identificación con la función prevalece mucho después de desaparecer las necesidades que dieron lugar a la función de ser padres. No podemos dejar de ejercerla cuando ya el niño se convierte en adulto. No podemos deshacernos de la necesidad de ser necesitados por el hijo. Aunque el hijo tenga 40 años, no podemos dejar atrás la noción de “Saber lo que es mejor para ti”. El padre o la madre continúa representando compulsivamente su papel, de manera que no hay una relación auténtica. Los padres se definen con base en esa función y temen inconscientemente perder esa identidad si dejan de ser padres.

Cuando se ve frustrado su deseo de controlar o influir sobre las actuaciones de su hijo adulto, como suele suceder, comienzan a criticar o a mostrar su desaprobación, o tratan de hacer que el hijo se sienta culpable, todo en un intento inconsciente por conservar su personaje, su identidad. A simple vista parece como si estuvieran preocupados por el hijo, y están convencidos de que así es, pero lo que les preocupa es conservar su identidad a través de su papel de padres. (…)

Si se llevaran a la conciencia y se expresaran los supuestos y las motivaciones inconscientes de los padres, seguramente se oirían así: (…) “No me desilusiones. Me he sacrificado por ti. Mi desaprobación tiene por objeto (…) que finalmente te pliegues a mis deseos. Y sobra decir que yo sé qué es lo mejor para ti. Te amo y te seguiré amando si haces lo que yo sé que te conviene”. Cuando traemos a la conciencia esas motivaciones, nos damos cuenta de lo absurdas que son.

Una vez reconocemos lo que hacemos o lo que hemos venido haciendo, reconocemos también su inutilidad, y el patrón inconsciente se disuelve por sí solo.

También se deben tener en cuenta los propios supuestos de los hijos o sus propias expectativas inconscientes detrás de las reacciones habituales hacia los padres: “Mis padres deberían aprobar lo que hago. Deberían comprenderme y aceptarme como soy”. ¿De veras? ¿Por qué deberían hacerlo? El hecho es que no lo hacen porque no pueden. (…)

Muchos hijos abrigan ira y resentimiento hacia sus padres  y, muchas veces, la causa es la falta de autenticidad en su relación“, la falta de igualdad, y aquí retomo el primer párrafo: los hijos son iguales a los padres, independientemente de la edad.

Es muy probable que cuando los padres lleguen a ser ancianos, esos hijos “iguales” les cuiden, y sería deseable que esos padres convertidos en niños por arte de la edad, sean también tratados como iguales, aunque haya que satisfacer sus necesidades, evitar que corran peligros y, en ocasiones, decirles lo que deben o no hacer.

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los pies de un niño de vacaciones en la playa

Cuando les dan las vacaciones a los niños, me pongo a temblar y, todos los años, supongo que como muchos padres, al cabo de unos días pienso:

¡Bendito colegio y bendita rutina!

Porque a veces las vacaciones son agotadoras, en mi caso con 4 adolescentes que dejan todo por el medio, se pelean, chillan y obedecen (cuando lo hacen) a la cuarta o a la quinta.

¡Pero este año tengo un plan! En vez de pelear voy a disfrutar.

Me he propuesto que las vacaciones sean un periodo de verdadero descanso para todos y, para ello, voy a tomar algunas medidas que creo que me van a ayudar:

1.        Los pactos de “gobierno”

He pactado con mi hija de 12 años que si no chilla en todo el día, la dejo acostarse a la hora que quiera. ¡Funciona! Ni un grito en 10 días y se acuesta muy poco más tarde de la hora habitual. Voy a intentar nuevos pactos con ellos.

2.       No estresarme si no funciona

Cada día estoy más convencida de que nuestros hijos son un espejo nuestro. La semana pasada, en un momento en el estábamos todos enfadados, me di cuenta de que, en realidad, la que estaba de mal humor era yo y se lo había contagiado a los demás. Me fui a pasear, a desestresarme y a la vuelta volvió la calma.

3.       Si los demás están de mal humor, ¡ni caso!

Cuando son los otros los que están de mal humor, debemos respirar y hacerles el menor caso posible. Parece mentira, pero si conseguimos no contagiarnos, incluso hacer una broma, se les pasa.

4.       Dividir responsabilidades

Por escrito, en un cuadro y que sean fáciles para cada uno, incluso que las elijan ellos. Para que las hagan, se puede condicionar alguna otra actividad que les guste a que terminen primero esa. Al principio cuesta, pero luego se habitúan y ¡no protestan!

5.       No enfadarme, aunque TODOS intenten sacarme de quicio

Realmente ninguno quiere que nos enfademos, nos prefieren alegres; además, el buen humor es contagioso. A veces pensamos que el mundo está en contra nuestra, pero no es así, en realidad no somos tan importantes… Si tratas de sonreír a todas horas, te encontrarás disfrutando más de cada instante. Suena a “buenista” pero funciona.

6.       Cuando esté con ellos, el tiempo que sea, voy a estar con ellos de verdad

Cuando no esté trabajando he decidido dedicarme a ellos de verdad: hacer deporte juntos, pasear, nadar, charlar, lo que sea, pero con toda mi atención.

7.       Voy a aplicar la neuroconciliación

En el trabajo me centro en el trabajo, en casa, me centro en casa. No puedo vivir con el cuerpo en un sitio y la mente en otro: genera mucho estrés.

8.       Me voy a concentrar y, para ello, voy a apagar el móvil y el ordenador a ratos.

A veces creemos que estamos con ellos, o realizando una tarea concreta, pero en realidad atendemos a mil cosas: mensajes, llamadas, correos, etc., en realidad nos cuesta mucho concentrarnos en una sola actividad y tardamos más de la cuenta en hacerla y la calidad no es todo lo buena que podría ser. Se es mucho más eficaz cuando uno se concentra en una sola cosa. Voy a aprender a apagar el móvil y a no consultar Internet en intervalos de hora y media.

9.       ¡Quiero dejarles ser!

No necesito tener razón, ni que sean o se comporten como yo quiero (salvo que sea algo realmente peligroso para su salud). Voy a tratar de entender su realidad, sus conflictos, sus cambios hormonales… No hacen las cosas para fastidiarme, solo necesitan experimentar. Nunca aprenderán a tomar las decisiones correctas si me empeño en decidir por ellos.

10.    Hablar con ellos y decirles cómo me siento

Cuanto más hablo con ellos, más cerca están y son más capaces de sentir empatía y colaborar en la armonía familiar de buen grado y cuando yo no me sienta bien, esté cansada o de mal humor, se lo voy a decir, así aprenderán a hacer lo mismo y podré comprenderles mejor.

No sé si funcionará, supongo que a ratos, pero lo voy a intentar. Y tú ¿tienes planes para que las vacaciones de tus hijos no te vuelvan loco? Ten en cuenta que vayas donde vayas, esos “planes” pueden viajar contigo.

 

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