Dos de tres

novela, amor, cariño, traición

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Editor: Gens.

Colección: Guermantes

Número de páginas: 200

ISBN: 978-84-938837-1-3

Distribución: Carrasco Libros S.L.

 

SINOPSIS:

La escritora Mai Cosini, tras la muerte de su amiga Claudia, se encierra en su casa y no sale en varias semanas, ya que se siente culpable por haberla engañado.

Claudia le deja una novela póstuma y una carta que la enfrentan con su pasado y su concepto de la escritura y del amor. Con su lectura, Mai descubre las sombras de esa amistad y se da cuenta de que la realidad es solo cuestión de interpretación.

 “Me incorporé, saqué el maquillaje de mi bolso y traté de recomponer mi cara; coloqué una estúpida sonrisa y bajé a la cocina.

Me abrazaron los dos a la vez. Me resultaba difícil saber cuántos éramos en realidad. ¿Tres individuos?¿Dos veces dos de tres? ¿Cuatro? Qué tontería eso de los números y las matemáticas relacionales, Claudia me lo había contagiado. De todas formas no importaba, yo estaba sola, daba igual la combinación numérica y probablemente ellos también. Y Claudia la que más.”

Dos de tres es un relato envolvente que describe con humor la complejidad de las relaciones humanas.

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LA NOVELA DOS DE TRES COMIENZA ASÍ:

“Pero el dos nunca ha sido un número porque es una angustia y su sombra.” FEDERICO GARCÍA LORCA, Poeta en Nueva York

I.

Las gordas y las muertas se parecen, me dije y, en ese caso, yo podía ser la gorda, ya que Claudia era la muerta. Creo que ese pensamiento hizo que tras su entierro me encerrase en casa y no saliera en cinco semanas; solo lloraba, comía y miraba sin interés los objetos del salón. Lo único que distinguía con claridad eran los dos sobres que había sobre el escritorio. Eran de Claudia; me los había dado Tomás y, al parecer, contenían una carta y el manuscrito de una novela ya póstuma.

Supongo que intentaba cubrir mi cuerpo con una capa de grasa que me acercara a ella, que estaba cubierta por una capa de tierra. No me movía, no me duchaba, no dormía. El sofá rojo del salón era como un barco a la deriva; y los sobres de Claudia, una isla a la que intentaba llegar, pero no sabía cómo. Entre ellos y yo había solo unos pasos. El ventanal los iluminaba con el bochorno pesado de agosto y puede que eso me mantuviera detrás de la mesita baja de cristal, llena de galletas desmigajadas, chocolate y otras porquerías que me traía Luz Marina dos veces por semana.

No la dejaba entrar a limpiar; solo le abría la puerta y, ella, con su paso apresurado, llevaba las bolsas hasta la cocina, metía todo en la nevera y en los armarios lo más despacio que podía, doblaba con minuciosidad las bolsas de plástico en un triángulo prieto mientras miraba a su alrededor como si buscara indicios de no sé muy bien qué, las guardaba en el cajón y se iba murmurando algo a su «diosito», supongo que sobre el lamentable estado tanto de la casa como mío.

Yo retiraba los restos de la mesita, cogía provisiones y me volvía al sofá. Y lloraba. Creía que lloraba por mi amiga, porque a los cincuenta le quedaba mucho por vivir, por su hija Alba o por Tomás, su novio, pero ahora sé que esas lágrimas no eran solo por la seca soledad en la que me había dejado, sino por mí, por la niña que había sido y por la adulta que se encontraba desorientada.

Una mañana, cuando comenzaba otro día de reclusión, Tomás llegó a casa acompañado de un cerrajero. Supongo que estaba cansado de llamar al timbre y de dejar mensajes en el contestador. No sé si convenció a aquel hombre diciéndole que yo estaba muy enferma o si le dio una buena propina, pero el caso es que abrieron la puerta en un momento. Me horrorizó la cara de asco de Tomás y subí corriendo a esconderme en el baño.

Ellos vinieron detrás de mí y desde el otro lado de la puerta, Tomás me preguntaba con paciencia si quería todas las cerraduras de la casa desmontadas. No le hice caso y metí la cara bajo el grifo de agua helada, con la vana esperanza de que se llevara la pena y la grasa. La puerta del baño le costó al cerrajero todavía menos que la anterior.

Me senté en el borde de la bañera y ya no lloré más.

(…)

—¿Has leído la carta de Claudia o su novela?

Negué con la cabeza.

—¿Has intentado escribir?

De nuevo un gesto negativo.

Por fin me animé a hablar:

—¿Crees que Claudia sabía lo nuestro?

Tomás me miró con cara triste. (…)

—Me asusta salir de aquí y ver mi vida vacía.

Me acarició la mejilla y se sentó sobre la taza enfrente de mí, sin palabras, pero sólido y presente. Al rato dijo:

—¿Quieres que leamos una parte juntos? Quizá solo las primeras páginas de la novela y luego sigues tú, o nos ponemos a limpiar…

—Gracias Tomás, pero hay cosas que uno debe hacer solo.

Jugaba con mis dedos como si hiciera encaje de bolillos. Esperó un buen rato, volvió a acariciarme la cara y, al final, se levantó. Cuando ya se iba, dijo con ternura.

—Deberías empezar por darte una buena ducha.

Eso me llegó al alma.

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