pelusa polen

Releo algo que he escrito y siento la reverberación de las palabras entre las costillas, esa mensaje esquivo que juega al escondite, se intuye lo que quiere decir pero no se alcanza a asir, cuesta mirarse en el reflejo del agua y en el polen que vuela por el aire; las vistas son efímeras y las palabras se alejan, como si ya diera igual, como si no encontraran una canción, un ritmo para hacer más larga o más corta la agonía.

Vuela el polen, o lo que sea, ligero, y uno lo admira como si esa fuera la razón: volar ligero, pero las costillas y las ánimas parecen amarradas al suelo y, en el aire está el volador, ocupado en mirar hacia otro lado.

Mi mano sigue esparciendo letras sobre el papel, me caen encima y me resisto, parece que la cultura nuestra y su semilla de Hermés me hubieran dejado más miedo en el cuerpo del que me gusta reconocer.

Tanteo a ciegas esa línea del horizonte, ese skyline formado por botellas, pensamientos y personas, altas y bajas, listas y mezquinas, si supiera morir, otro gallo cantaría, uno con la cresta enhiesta pero mordida, con el aguijón listo para fecundar gallinas o lo que se deje, que para fecundar no hace falta ser bicho, sino tal vez solo malo.

Y siento un aliento que me anima a quitar capas, a no cortar frases, pero mi mano esquiva se hace pajas con el puntero y señala, como una maga, aquello que no es, para ocultar el truco, para que parezca algo; está revestida de un sombrero de copa, en cuyo interior se esconde un moño rizado, o no.

Al mensaje esquivo le acompaña un lector, la conversación es dulce y la siento larga, casi permanente, como si fuera a estar ahí hasta que llegue el final con sus rebajas. Siempre hay un resquicio y la mente se echa a volar, encaramada en una pelusa de olmo, volando libre como si este viaje nunca terminara.

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