Los daños colaterales del cambio

hombrecito bajándose de una señal de tráficoHay momentos en la vida como las crisis, las enfermedades, determinados cumpleaños, la muerte de un ser querido, etc., en los que uno se da cuenta de que quiere cambiar.

Ese deseo de cambio surge de lo más profundo y, una vez que uno lo siente, no hay otro camino posible.

En mi caso, mi crisis particular me llevó, entre otras cosas, a dejar el trabajo de marketing por la escritura, y a tomarme la vida con mucha más calma y sencillez.

Para algunos de mis amigos, mi cambio ha resultado extraño, es como si me hubiera metido en una secta, porque les despista que mis formas sean más suaves o que me atraiga más la tranquilidad que las emociones fuertes. Tal vez antes les acompañaba en las discusiones sobre la vida y la muerte, o sobre el ser o no ser, la duda era un traje permanente que me situaba en la inestabilidad. Ahora sigue estando ahí, y me sigue gustando intercambiar opiniones, como también siguen estando los altibajos anímicos, pero ya no me abruman, no son más fuertes que yo; ahora los observo como cuando uno ve a un niño haciendo una trastada: ahí está, es lo que le toca hacer, no tiene mucha importancia y antes de que uno se dé cuenta se han disipado los nubarrones.

Ahora, más que pensar, respiro y siento; a la mente le presto solo un poco de atención. Si nado, noto cada gota de agua sobre mi cuerpo y si ando mojada el aire me seca. Si alguien querido me acaricia, su piel contra mi piel me produce un leve temblor y eso es suficiente. Para mí lo es.

Sí, he cambiado, y hay personas que no me reconocen, que se sienten traicionadas porque ya no pienso igual; son los daños colaterales del cambio, pero yo no puedo vivir para otros, porque solo puedo vivir. Sin más.

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2 Comentarios

  1. 17 Agosto 2011

    Wow Natalia. Gracias. Me hiciste sentir el agua y el roce de la piel. Yo también abogo por mi paz. Con tu permiso republicare tu POST.

    Responder
  2. Pepe
    20 Agosto 2011

    ¡¡¡Bienvenida a esta “secta”!!!
    Hablando de daños colaterales, mi actividad actual, decidida también por mi libre albedrío, tiene, cómo no, efectos colaterales, que me niego a llamar daños por no compartir verborrea con exabruptos bélicos. Pero extraigo de la Sabiduría Popular, “no hay mal que por bien no venga”, y por tanto, bienvenidos los “efectos colaterales” de tu sabia decisión. Algo de eso también me suena, profesora. Mi decisión de abandonar la actividad empresarial (también marketing y comunicación) para ir por otros caminos más tranquilos, me ha generado un “efecto secundario”; se llama “soledad”. Me encantaría oír de tu experiencia con la soledad del escritor. Mi “soledad” del inversor en bolsa desde el escritorio de su casa, sin embargo está siendo compensada con el “compartir mis descubrimientos” con otros aspirantes a “huir del mundanal ruido y seguir la senda por donde han ido… los pocos sabios que en el mundo han sido”. Nada que ver con tu maravillosa situación artística, aunque te diré que hoy, ganar dinero en bolsa, está más cerca del arte y el control de las emociones propias, que de la especulación y la economía.
    Sigue, por favor por esa senda elegida. No des marcha atrás. Ya has adquirido una responsabilidad pública y no puedes desandar lo andado, pues muchos te seguimos. Cuando te fallen las fuerzas, o te encuentres ese “niño travieso” que llevas dentro, pide auxilio a “otros niños traviesos” que van por tu camino, porque si te has metido en un charco, es más fácil salir cuando alguien te tiende una mano.
    Tu desconocido seguidor.

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